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Para reflexionar

Los escritos de esta sección son una invitación a la reflexión y a la crítica constructiva. Aunque su origen pueda proceder de distintas fuentes, son el resultado de una misma inquietud: la búsqueda de la verdad y de un cristianismo coherente con el espíritu de su Fundador.

El cristiano y la verdad

"El cristianismo, al identificar la verdad con la fe, debe enseñar- y bien entendido, en efecto enseña- que la interferencia con la verdad es inmoral. Un cristiano dotado de fe nada tiene que temer de los hechos; un historiador cristiano, que limita en un punto cualquiera el campo de la indagación está reconociendo los límites de su fe. Y por supuesto, está destruyendo también la naturaleza de su religión, que es una revelación progresiva de la verdad. De modo que, a mi entender, el cristiano no debe privarse en lo más mínimo, de seguir la línea de la verdad. Más aún está realmente obligado a seguirla. En realidad, debe sentirse más libre que el no cristiano, que está comprometido de antemano por su propio rechazo." -Paul Johnson, Historia del Cristianismo, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1976.

El hombre, ¿dos sustancias?

El concepto de un alma separable del cuerpo y llamada a sobrevivirle, la doctrina del hombre formado por dos sustancias, cuerpo y alma, se debe a una evolución independiente del texto bíblico.
La afirmación de un alma autónoma respecto del cuerpo, tal y como es propia del ser humano, no del animal, remite más bien a fuentes griegas antiguas que a fuentes judeo-cristianas. Entre los inauditos problemas que legó y obligó a plantearse a la Escolástica, pongamos por caso, figura, por citar un ejemplo, el del castigo mediante el fuego eterno, tras la separación, en la muerte, del alma respecto del cuerpo, cuestión ésta a la que Tomás de Aquino dedica un capítulo especial es su Summa contra gentiles (libro IV, cap 91). Mientras que de acuerdo con el pasaje de Mateo 25:41 -"Apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno"- el lector sin prejuicios pensó en otro tiempo en el hombre entero, en su expulsión a las tinieblas, el aristotélico Tomás se enfrenta al tema especulando que el alma que vivifica el cuerpo en cuanto forma suya, individualizándolo así, una vez que lo ha abandonado como culpable, pasa a verse unida más bien al fuego físico. El espíritu pecador sufre su pena, leemos en Tomás, "pasando a verse atado de algún modo y subordinado a cosas que son más bajas que él, cosas corporales, por tanto. La idea indio-egipcia de la transmigración del alma que, a través de Pitágoras, Empédocles y Platón, llega a los padres de la iglesia, tuvo su influencia en la Escolástica." -Max Horkheimer, filósofo y sociólogo alemán fundador de la Escuela de Francfurt. De Anima (1967). Ensayo recogido en Sociedad, Razón y Libertad, Trotta, 2005.

Miedo a la verdad

"La mente y el corazón del hombre están hechos para la verdad: la verdad en las realidades naturales y sobrenaturales, la verdad en la conducta personal y en la vida colectiva. Santo Tomás la señala como la más alta, la más específica de las inclinaciones naturales del hombre -y por eso de sus exigencias auténticas- la apertura y búsqueda de la verdad."
Pero es bien penoso que muchos hombres -y todavía más, también muchos cristianos- actúen bajo el complejo del miedo a la verdad. Miedo a la verdad en la vida interior, tratando de esquivar sus exigencias con evasivas y sutilezas. Miedo a la verdad en el seno de la familia, en la relación de esposa y esposo, en la educación de los hijos, confundiendo con metáforas la comunicación sobre el misterio del origen de la vida. Miedo a la verdad en la vida social: en las relaciones contractuales, en el cumplimiento de los deberes fiscales, en la contabilidad.
El cristiano, menos que nadie, puede dejarse vencer del miedo a la verdad. A la verdad histórica con los errores y las culpas que se hubieran cometido a lo largo de los siglos, a la verdad reciente, a la verdad de cada día.
Y es que no hay dos verdades, una verdad científica y otra verdad religiosa, sino la única verdad que late en la acción creadora de Dios. El cristiano debe luchar contra las distintas formas de mentira y de inautenticidad en su vida privada, y en su vida pública, incluso, contra aquellas formas de propaganda que deforman la verdad.
No nuestra pequeña verdad impuesta a los demás hombres, sino la verdad a secas, la verdad objetiva que se forma trabajosamente en un clima de libertad y de limpia comunicación de ideas y de sentimientos.
En suma, todos los hombres de buena voluntad deben hacer un generoso esfuerzo para vencer ese complejo de miedo a la verdad. Miedo que solo se supera con la vivencia a fondo de la confianza recíproca, de la libertad respetuosa y, en suma, del cumplimiento de las exigencias de la justicia y de la caridad." -Joaquín Ruiz-Gimenez, anterior Defensor del Pueblo en España entre los años 1982 a 1988 y actual presidente de Unicef España. Cuadernos para el diálogo, febrero-marzo, 1964.

El mito de la caverna

El filósofo griego Platón (428-347 a.C.), en su libro 'La República' (libro VII) comienza con la exposición del conocido mito de la caverna, que utiliza como explicación alegórica de la situación en la que se encuentra el hombre respecto al conocimiento. José Luis López Aranguren, que fue profesor de ética en la Universidad Complutense de Madrid desde 1955 y que ejerció una notable influencia en la vida intelectual española, comentó en 1958 este mito del siguiente modo:

"Dividimos el drama que consiste en cuatro actos.

1. Durante el primero, los hombres viven tranquilos atados en la caverna, es decir, en la prisión de la seguridad de lo acostumbrado y recibido; prisión y ligaduras que ni siquiera se reconocen como tales.

2. La primera y gran decisión moral es la de romper las ligaduras para moverse libremente dentro de la caverna y mirar de frente el fuego que la ilumina.

3. Una segunda decisión ética, más grave aún que la anterior, es la del pasaje de la caverna al aire libre, a la luz del sol. Pero con salir fuera no está hecho todo. La libertad -y con ella la verdad- son difíciles de soportar, hay que conquistarlas poco a poco; no se dan sin más con que le suelten a uno y le pongan ante la verdad; es menester acostumbrarse a la luz del sol; es menester acostumbrarse también a la luz de la verdad y a su presupuesto, la libertad.

4. Pero el filósofo (o pensador) que lo es plenamente no guarda libertad y verdad para sí solo. Regresa a la caverna, y allí, dentro de ella, lucha por la libertad y la verdad de los demás. Entonces, los prisioneros, los 'polloí', matan, si pueden, a quien intenta desatarles y hacerles salir hacia la luz; matan a quien les trae la libertad ética, camino de la verdad. Los hombres no quieren la verdad porque no quieren la libertad, porque la temen, porque pesa demasiado sobre sus hombros. Los hombres prefieren vivir encadenados con tal de estar al abrigo, bajo techado y no expuestos a la intemperie. Los hombres prefieren la seguridad a la verdad." -José Luis López Aranguren, Ética, Alianza Editorial, 2001.

Instituciones religiosas

El principal objetivo de todas las instituciones y subculturas es su propia preservación. Preservar la fe es vital para el plan de Dios en la historia humana. Pero preservar una institución religiosa en particular no lo es. No espere que los que hacen funcionar las instituciones sean sensibles a esa diferencia. Dios no necesita una persona, iglesia, denominación, credo u organización particular para llevar a cabo su propósito. Él hará uso de los que, en su diversidad, estén listos para ser usados, pero dejará a los que solo se ocupen de sus propios intereses.

“Sin embargo, para muchos, poner en tela de juicio las instituciones es sinónimo de atacar a Dios—algo que no debe tolerarse más... En realidad, están protegiéndose a sí mismos, su visión del mundo y su sentido de seguridad. Las instituciones religiosas les han dado significado, un sentido de propósito, y, en algunos casos, carreras. Cualquiera que parezca amenazar esas cosas es de hecho una amenaza.

“Esa amenaza a menudo se detecta o se erradica por la fuerza incluso antes de que surja. ... Las instituciones expresan su fuerza más claramente por medio de enunciar, interpretar y mantener por la fuerza las reglas de la subcultura. Cada institución tiene sus reglas y modos de mantenerlas por la fuerza. Algunas se expresan con claridad; otras no, pero no por ello son menos reales." -Daniel Taylor, The Myth of Certainty, Word Books, Waco, Texas, 1986, págs. 29-30.

Una cuestión de conciencia

"Cuando alguien me pregunta lo que siento al estar fuera de la Iglesia Católica Romana, me encuentro respondiendo espontáneamente: 'es como si me hubiese vuelto a encontrar con la raza humana.'

No quisiera que se me interpretase mal. He conocido gran amor y generosidad entre los católicos. . . . No me considero apartado de los católicos como personas cristianas. No estoy, por lo tanto, repudiando a los católicos como personas individuales. . . . Los conozco como personas muy buenas, pero que están luchando contra cargas pesadas . . . dentro de los confines de su Iglesia.”

Sigo siendo cristiano, sin embargo, he llegado a comprender que la Iglesia, tal como existe y se comporta en la actualidad, constituye un obstáculo en la vida de los cristianos comprometidos que conozco y admiro. No es la fuente de los valores lo que aprecian y fomentan. Por el contrario, viven y trabajan en tensión constante y en oposición a eso...

Para mí, el compromiso cristiano va inseparablemente unido al interés por la verdad y por la gente. Nada de eso veo representado en la Iglesia oficial. Hay interés en la autoridad a costa de la verdad, y me siento constantemente afligido por casos de daño infligido a personas por la actuación de un sistema impersonal y falto de libertad. Además, no creo que la pretensión de la Iglesia en cuanto a institución tenga una base bíblica e histórica suficiente." - A Question of Conscience (Una cuestión de conciencia), Londres: Hodder and Stoughton, 1967, por Charles Davis, anterior sacerdote católico.

'A mis hermanos obispos'

"Estas líneas intentan deciros, desde dentro y desde la fraternidad, lo que otras muchas voces dicen desde fuera y desde la desconsideración. He procurado contar hasta cien antes de hablar (y no cien segundos, sino cien días) para hacerlo con calma y sin resquemor. Quiero ser cristiano y hacerlo con la máxima fidelidad al Evangelio. Pero debo confesaros que la institución eclesiástica es la cruz de mi fe. En el corto espacio de que dispongo me gustaría deciros por qué.

1. No somos testigos de un Dios vivo sino de un pasado muerto. Como seguidores de Jesús parece que nuestra tarea debería ser: 'Anunciar al hombre de hoy el Misterio más profundo, más santo y liberador de su existencia que lo redime del miedo y de la autoalienación, y al que llamamos Dios... Mostrar al hombre de hoy el camino que conduce de forma creíble y concreta hacia la libertad de Dios'. En lugar de eso moralizamos precipitadamente contra todo lo que nos incomoda. Olvidamos que 'la tradición solo puede mantenerse allí donde se buscan honradamente nuevos caminos y medios de vida'. (Ambas citas y las demás que aparecen sin otra referencia son de Karl Rahner.)

2. La imagen que damos de la iglesia no es la de un 'sacramento de salvación' (señal de que Dios se ha identificado gratuita y definitivamente con este mundo empecatado), sino la de una institutriz gruñona y provecta que, a base de riñas, trata de afirmarse a sí misma más que de educar. No pocas veces, y en cuanto a contenidos concretos, quizá estaría yo más cerca de vosotros que de la cultura en que me muevo. Pero lo que la sociedad adulta no soporta es ese tono de que nosotros somos los únicos buenos y todo lo demás es maldad. Por eso:

3. No damos en absoluto la sensación de amar de veras a este mundo, al que dice el evangelio que Dios amó tanto que le envió a su Hijo, no para condenarlo sino para salvarlo. Por mal que esté, el objeto del amor de Dios es este mundo, no la iglesia. Ésta debe ser sólo señal y cauce de ese amor; y no puede mirar al mundo como el campo del mal al que ella debe dirigir y controlar, o del que debe apartarse para vivir en otra órbita, pero siempre sin tener que aprender nada de él. '¿Por qué no nos atrevemos a decir con humildad y sosiego, variando un poco un dicho de Agustín: muchos que Dios tiene no los tiene la iglesia, y muchos que tiene la Iglesia no los tiene Dios?'" - A mis hermanos obispos, por José Ignacio González Faus, teólogo católico. Artículo escrito en el diario La Vanguardia, 25 de octubre de 2004.

Sobre la libertad en la Iglesia

La Iglesia ha traicionado el evangelio de Jesucristo y la libertad que él trajo. Una denuncia que también afecta a las Iglesias de Lutero y de Calvino:también ellas han quemado en la hoguera a herejes y brujas y practicado o consentido todas las formas imaginables de falta de libertad y arbitrariedad, de autoritarismo y totalitarismo, cosa que, lógicamente, no sirve para disculpar en modo alguno, a la Inquisición española o romana.

De acuerdo con el mensaje sobre el que se funda la Iglesia, ésta, por su propia naturaleza, debería ser un espacio de libertad. Una iglesia que anuncia el evangelio de Jesucristo no debe traer a los hombres esclavitud sino libertad: 'Cristo nos ha liberado para la libertad' (Gálatas 5:1) No aludo en todo esto a experiencias personales pero como teólogo católico sé de lo que estoy hablando. Y por propia experiencia sé que esa libertad hay que conseguirla una y otra vez en la Iglesia.

Cuando la amenaza a la libertad en la Iglesia viene de dentro, el cristiano solo puede encontrar protección, refugio y libertad en sí mismo, en el sagrado reducto de su conciencia libre.

Y no hay que pensar para ello en casos extremos como Galileo o Juan de la Cruz en las cárceles de la Inquisición o Juana de Arco en la hoguera. Pensemos en los innumerables, conocidos y no conocidos, científicos, filósofos, teólogos, políticos que han caído en graves conflictos de conciencia. ¿Por qué? Porque representantes de la iglesia no respetaron los límites que les marcaba la libertad de todos los hijos de Dios. Porque confundieron la revelación divina con una ideología. Porque se excedieron en sus competencias y se entrometieron en puras cuestiones de ciencia, filosofía, política o economía. Es una infinita tragedia que innumerable gente, precisamente en la época moderna, haya huído de la iglesia, originalmente espacio de libertad, para buscar libertad en el mundo.
La libertad de conciencia... se impone incluso frente al dogma, el cual nunca debe admitirse si va contra la conciencia." - Hans Küng, teólogo católico, en su autobiografía Libertad Conquistada, Trotta, 2003.

De Yves Congar

Yves Congar, teólogo consultor en el Concilio Vaticano II y uno de los más fervientes luchadores por la unidad de los cristianos, escribió en su diario:

"Los obispos están absolutamente encorvados en la pasividad y el servilismo; tienen hacia Roma una verdadera veneración filial, incluso infantil. Para ellos, eso es la 'iglesia'... concretamente Roma, el papa, el sistema todo de las congregaciones, que parece como si fueran la iglesia que Jesús construyó sobre la piedra. Y el 'Santo Oficio.' El 'Santo Oficio' (ahora Congregación para la Doctrina de la Fe) dirige de forma concreta la Iglesia y doblega a todos con el miedo y sus intervenciones. Es esta Gestapo suprema, inflexible, cuyas decisiones no se discuten... La base del debate, pues, está en una nueva concepción de Iglesia que se nos quiere imponer y cuyo fundamento consiste, en primer lugar, en reducirlo todo a obediencia y a una relación de autoridad-súbditos; y en segundo lugar, en un nuevo concepto de obediencia, de 'estilo superjesuístico'" -Yves Congar, Diario de un teólogo, 1954. Citado por Hans Küng en Libertad Conquistada - Memorias, pág. 142, Trotta, 2003.

De Joseph Ratzinger

"Aún por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica. En esta determinación del individuo, que encuentra en la conciencia la instancia suprema y última, libre en último término frente a las pretensiones de cualquier comunidad externa, incluida la Iglesia oficial, se halla a la vez el antídoto de cualquier totalitarismo en ciernes y la verdadera obediencia eclesial se zafa de cualquier tentación totalitaria, que no podría aceptar, enfrentada con su voluntad de poder, esa clase de vinculación última." -Joseph Ratzinger, 1968. Ibídem

¿Trinidad?

"No hay doctrina de la trinidad en el Nuevo Testamento. Si bien abundan las fórmulas triádicas, sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no hay ni una sola palabra acerca de una 'unidad' de estas tres magnitudes altamente distintas, de una unidad en un igual plano divino. Cierto que hubo una vez en la primera carta de Juan una frase (Comma Johanneum) que, en el contexto de espíritu, agua y sangre, mencionaba a continuación al Padre, la Palabra y el Espíritu, que serían uno. Sin embargo, la investigación histórico-crítica ha desenmascarado esta frase como una falsificación nacida en el norte de África o en España en siglo III o IV, y de nada sirvió a las inquisitoriales autoridades romanas su empeño en defender todavía a principios de este siglo como auténtica esta frase.

¿Qué otra cosa significa esto en palabras llanas sino que en el judeo-cristianismo, incluso en todo el Nuevo Testamento, existe la fe en Dios el Padre, en Jesús el Hijo, y en el Espíritu Santo de Dios, pero que no hay una doctrina de un Dios en tres personas (modos de ser), una docrina de un 'Dios uni-trino,' de una 'Trinidad'? Pero ¿cómo entiende el Nuevo Testamento la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? “Para darnos a entender la relación de Padre, Hijo y Espíritu no hay en todo el Nuevo Testamento otra historia mejor que aquel discurso de defensa del protomártir Esteban que Lucas nos ha transmitido en sus Hechos de los Apóstoles. Esteban tiene una visión durante ese discurso: ‘Lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: ‘Veo el cielo abierto y a aquel Hombre de pie a la derecha de Dios.’ Aquí se habla, pues, de Dios, del Hijo del Hombre y del Espíritu Santo. Pero Esteban no ve, por ejemplo, una divinidad trifacial y menos aún tres hombres de igual figura, ni un símbolo triangular, como llegará a utilizarse siglos más tarde en el arte cristiano occidental. Más bien:

- El Espíritu Santo está al lado de Esteban, está en él mismo. El Espíritu, la fuerza y poder invisibles que proceden de Dios, lo llena por completo y le abre así los ojos: ‘en el espíritu’ se muestra a él el cielo.

- Dios mismo (ho theós ‘el’ Dios a secas) permanece oculto, no se asemeja al hombre; solo su ‘gloria’ (hebreo ‘kaboda’, griego ‘doxa’) es visible: esplendor y poder de Dios, el resplandor que proviene por completo de él.

- Jesús, finalmente, visible como el Hijo del Hombre, está ‘a la derecha de Dios’: esto significa en comunidad con Dios, en igual poder y gloria. Como Hijo de Dios elevado y recibido en la vida eterna de Dios, él es vicario de Dios para nosotros y, a la vez, como hombre, el representante de los hombres ante Dios.

De todo esto debería desprenderse con claridad que la cuestión clave sobre la doctrina de la Trinidad es, según el Nuevo Testamento, no la cuestión declarada como ‘misterio impenetrable (misterium stricte dictum) de cómo tres magnitudes tan distintas pueden ser ontológicamente uno, sino la cuestión cristológica de cómo hay que expresar según las Escrituras la relación de Jesús (y en consecuencia también la del Espíritu) con Dios mismo. Ahí no es lícito poner en tela de juicio ni por un instante la fe en el Dios uno, que el cristianismo comparte con judíos y musulmanes: fuera de Dios no existe ningún otro dios... El principio de unidad es para el Nuevo Testamento, como para la Biblia hebrea, el Dios uno, (ho théos: el Dios=el Padre), del que todo procede y hacia el que todo se dirije.

Si se quisiera enjuiciar a los cristianos anteriores a Nicea desde la vertiente del concilio de Nicea, entoces no solo los judeoscristianos, sino también casi todos los padres de la iglesia griegos serían herejes porque ellos enseñaban como obvia una subordinación del ‘Hijo’ al ‘Padre’ que según la posterior medida de la definición equiparadora de una ‘igualdad de esencia’ por el concilio de Nicea es considerada como herética. A la vista de estos datos apenas se puede obviar la pregunta: si en vez de tomar al Nuevo Testamento como medida se toma al concilio de Nicea, ¿quién había en la Iglesia antigua de los primeros siglos que fuera ortodoxo?

¿De dónde proviene en realidad esta doctrina de la Trinidad? Respuesta: es un producto del gran cambio de paradigmas, del paradigma protocristiano-apocalíptico al paradigma veterocristiano-helenista.” -Hans Küng, El Cristianismo, Esencia e Historia, Trotta, 1997, págs. 110-118.