Epílogo


Lo que se ha escrito presenta información que, según creo, contiene suficiente evidencia fáctica como para que sea digno de seria consideración. De modo similar, creo que los principios esenciales que se han expuesto tienen base apropiada en las Escrituras. El efecto que pueda tener la información en los que la lean, o lo que éstos hagan después, es algo que es, y debe ser, exclusivamente su propia decisión.

Lo que he escrito son esencialmente mis propios pensamientos, basados en la evidencia presentada y en el efecto que ha tenido en mi propia vida. Lo hago sin proponerlo como un modelo de lo que piense que otros deban seguir. Creo que es apropiado afirmar que la misma apertura de las Escrituras en ciertas áreas debería hacer que se fuese cauteloso en este aspecto. El hecho de que Cristo, el cabeza de la casa cristiana—cuyo espíritu junto con el de Dios guió a los apóstoles y discípulos al escribir las Escrituras Cristianas—considerase apropiado dejar tanto sin decir sobre ciertos aspectos importantes (por lo menos lo que a nosotros nos parece importante) es digno de notar. Esto incluye la frecuencia, la forma y la manera de celebrar las reuniones cristianas, incluso su contenido. Como se ha mostrado anteriormente, las declaraciones que se encuentran en el capítulo catorce de la Primera Carta a los Corintios, son prácticamente nuestra fuente más extendida de lo que los cristianos hicieron en esas ocasiones, y lo que tenemos ahí es sorprendentemente breve y falto de detalles. De modo similar, aunque las cartas apostólicas revelan que algunos hombres servían a sus compañeros de la comunidad cristiana en varias capacidades y de diferentes modos, como mucho tenemos solamente una descripción muy general de los servicios que rendían—nada que pueda considerarse siquiera como una lista básica de deberes específicos.

En resumen, si buscamos en las Escrituras cristianas algún manual organizacional explícito, buscaremos en vano. A la vista de esto, estoy convencido de que es presuntuoso por parte de cualquiera de nosotros, sin importar quién seamos, hablar donde Dios no ha hablado, para definir y ordenar lo que el cabeza de la casa, Cristo, no ha definido ni ordenado, y esperar que otros se sientan bajo alguna obligación como resultado de nuestra acción. Se nos urge a hacer las cosas en paz y buen orden, y eso se puede conseguir de común acuerdo entre los que se reúnen, sin la necesidad de que se imponga una figura de autoridad. En todos los aspectos de la vida, la libertad constituye una prueba para los que participan de ella, una prueba de su altruismo y de su devoción a los principios e ideales correctos. Es sólo el fracaso en la manifestación de estas cualidades, lo que hace que el control autoritario parezca algo deseable como remedio. El autoritarismo y el control por medio de reglas pueden establecer el orden pero también ocultan y enmascaran la realidad de lo que la gente es genuinamente. La libertad permite que lleguen a ser manifiestas sus verdaderas cualidades y actitudes.[1]

Finalmente, en el mismo asunto de la asociación debemos reconocer que, aunque es notable la simplicidad de los principios bíblicos, el cuadro resultante se ha complicado. Las Escrituras predijeron la adulteración de la comunidad cristiana. Sin embargo, no establecieron una fórmula precisa diciéndonos cómo podemos identificar hoy alguna confesión particular como LA única asociación religiosa verdadera, con la cual alinearnos. Al contrario, Cristo Jesús mismo nos aseguró que la separación de la mezcla entre cristianos genuinos y falsos en el campo del mundo de trigo y mala hierba, y la clasificación en categorías claramente definidas, es algo que está más allá de la habilidad humana.[2] Estoy convencido de que esta mezcla prevalece en todas las confesiones (la de los Testigos de Jehová no es una excepción) estando la mala hierba, con toda probabilidad, a menudo más extendida que el trigo. La separación e identificación clara de éstos llega a ser manifiesta solamente en el día de juicio de Dios.

Para los que han sido movidos por su conciencia a separarse de un sistema religioso, una solución obvia a su carencia de asociación pudiera parecer que es simplemente unirse a otra religión. Existen cientos de confesiones para elegir, teniendo todas ellas una medida de verdad y una medida de error, aunque la proporción entre lo uno y lo otro puede variar. Yo personalmente no he sentido inclinación alguna para alinearme con ninguna. No es que esté buscando alguna afiliación que esté libre del error. Estoy convencido de que esto no existe. Estoy bastante seguro de que yo mismo no estoy libre de todo el error, y de que nadie lo está tampoco.

El hecho de que existen serios errores en la religión de los Testigos de Jehová no hace de repente que sea todo correcto en otras religiones. Ellas también tienen serios problemas que a veces reconocen cándidamente. Estoy convencido de que muchas organizaciones religiosas son menos autoritarias que la que yo abandoné, de que muchas permiten una cierta medida de libertad de expresión. Hoy existe, en algunos aspectos, mayor libertad para expresar diferencias en la Iglesia Católica que la que existe en algunas de las religiones más pequeñas, incluida la de los Testigos de Jehová.[3] Este factor de dominación autoritaria reducida parece que supone un grado de ventaja. Sin embargo, sé que el ser miembro de cualquiera de las confesiones conlleva la expectativa, de por lo menos aceptar y apoyar las enseñanzas particulares que distinguen a esa confesión particular de las demás. Aunque los miembros de la confesión pueden quitarle importancia a la seriedad de las diferencias que los separan de los demás—particularmente cuando animan a la gente a unirse a ellos—los fundadores de la confesión obviamente consideraron esas enseñanzas distintivas suficientemente serias e importantes como para moverlos a separarse de la afiliación previa de la que formaban parte. Y los líderes actuales deben considerarlas por lo menos suficientemente serias como para impedir una reunificación con esa afiliación previa, o una unificación con alguna otra.

Revisando la situación mundial, el anterior teólogo católico romano Charles Davis hizo este comentario:

Los cristianos necesitan urgentemente una expresión social adecuada y apropiada para su fe. Pienso en los innumerables cristianos independientes que existen hoy día. Gente que en su perspectiva esencial son cristianos, que quizás han profesado la fe cristiana en el pasado, pero que simplemente no pueden ver o no han sido capaces de resistir la vida en las Iglesias actuales. No habiendo tenido ante ellos ninguna manera alternativa de ser cristianos, se han desviado de la fe cristiana. La fe de muchas de esas personas podría llevarse a la madurez si se les pudiera mostrar cómo vivir y estructurar socialmente la fe cristiana sin encarcelarse dentro de las estructuras obsoletas de las confesiones existentes. . . .

El continuar jugando el juego institucional actual dentro y a través de las estructuras confesionales actuales es impedir el alcanzar la completa visibilidad de una presencia cristiana  en el mundo radicalmente diferente y mejor. Y se tendrá que ver un número creciente de personas que cesan de profesar la de cristiana porque la identifican con las Iglesias actuales. No reconocen que a menudo es la fe cristiana la que los conduce a rechazar estructuras institucionales que son hostiles al auto-entendimiento y a la libertad del hombre, y a la verdad y al amor cristianos.[4]

Davis reconoció que la mayoría de los que profesan el cristianismo hoy se encuentran obviamente en los sistemas confesionales, y que muchos están trabajando sinceramente dentro de sus estructuras. Al mismo tiempo, explicó porque creía personalmente que, no obstante, es aconsejable un la “desafiliación”, diciendo:

Se requiere la desafiliación, porque se debe reconocer que las estructuras sociales existentes de la Iglesias son inadecuadas y obsoletas. En tanto en cuanto puedan hacerse útiles, deben ser consideradas como limitadas en función, relativas en valor y esencialmente cambiables. El cristiano debería abrazar su situación abierta y rehusar ser incluido en cualquier organización total. La obediencia al Evangelio y a la comunidad cristiana como un todo exigirá frecuentemente oposición a las alegaciones, prescripciones y actitudes oficiales de las instituciones existentes de la Iglesia. Esto no es una invitación a la licencia individual. El individuo cristiano intentará fundar su pensamiento sobre la tradición cristiana como un todo y se comunicará con otros cristianos. Pero la conformidad completa a la línea oficial de su Iglesia es irresponsabilidad suya como cristiano.[5]

Yo no pretendo ser capaz de responder a peticiones ofreciendo algo que sea “atractivo” en el sentido de lo que a uno le podría gustar en la manera de afiliación y asociación. Creo que cada uno de nosotros necesitamos meditar en el cuadro que dibuja el escritor de Hebreos en la parte final de su carta. Primero describe como, después de que su sangre se ofreció en sacrificio, los cuerpos de los animales de sacrificio se llevaban fuera del campamento de Israel para ser quemados, y entonces dice:

Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.[6]

¿Qué significa para nosotros salir “a él, fuera del campamento?” “Fuera del campamento” se usa aquí como equivalente a “fuera de la ciudad”. La primera mención de una ciudad en las Escrituras es con relación a Caín y reveló la falta de confianza en la declaración de Dios de que la vida de Caín no sería tomada por otro humano. La ciudad, por lo tanto, llega a ser representativa de la búsqueda de seguridad por medios propios.[7] Ese mismo espíritu pronto afloró en el período posterior al diluvio, y la urgencia por construir una ciudad sintetizó el deseo de seguridad por medios humanos, junto con el deseo de poder y prominencia que ofrecía la ciudad.[8] El punto de vista opuesto se presenta como evidencia de la fe de hombres como Abraham, Isaac y Jacob, que no buscaron la protección de las ciudades, sino que vivieron en tiendas porque esperaban “la ciudad que tiene fundamentos verdaderos, cuyo edificador y hacedor es Dios”.[9] Todo esto da un significado más profundo a las palabras del escritor cristiano de que no tenemos aquí una ciudad que continúe, sino que buscamos solícitamente la que ha de venir”, una ciudad descrita en otra parte como celestial, la “Jerusalén de arriba” la “ciudad del Dios vivo”.[10]

Aunque el mundo en conjunto, no meramente sus grandes ciudades, es símbolo de la búsqueda humana de seguridad, poder y prominencia, el contexto de las palabras de Hebreos parece que centra su atención en un área más específica, la religiosa. Jesús fue muerto “fuera de la puerta de la ciudad” y la ciudad era Jerusalén, en aquel tiempo el centro de adoración de Dios, una adoración que, bajo el viejo pacto, podía llamarse una “adoración organizada”. Hoy la adoración de los siervos de Dios no está, o por lo menos no debería estar, centrada en ninguna ciudad de este mundo. Muchos pueden alegar justamente que no buscan en ninguna ciudad literal un sentido religioso de seguridad, ni buscan en ella la fuente de poder y prominencia. Pero como no “vamos a él [Cristo]" saliendo por una puerta literal o de un campamento literal, la prueba no tiene que ver con que mostremos voluntad para buscar seguridad en otra parte que no sea una ciudad literal. Muchos de aquéllos a quienes se dirigió la carta de Hebreos no vivían en Jerusalén, y a nosotros, igual que a ellos, se nos llama a salir de un campamento figurativo. Hoy encontramos que se ha desarrollado un gran “establishment” religioso, compuesto por muchas confesiones. En sí mismas, estas confesiones forman muchos “campamentos” individuales, y juntamente forman un “campamento” muy grande, que constituye un “establishment” corporativo religioso a modo de ciudad. Esto se ve por el hecho de que generalmente se consigue reconocimiento como parte de ese “establishment” siendo miembro de una de las confesiones que lo componen. No ser parte del “campamento”, en uno o más de sus sectores, a menudo significa ser considerado como un extraño, sin importar cuán fuerte sea la fe de uno, o cuán grande sea su devoción a Dios, o cuán intensamente se esfuerce por alcanzar la unidad con su Hijo.

A escala menor, más individual, los nuevos movimientos religiosos a menudo comienzan teniendo una naturaleza más parecida a una tienda de campaña. La mayoría, sin embargo, derivan pronto hacia una organización como de ciudad, que les ofrece el sentido y la apariencia de seguridad, que tiene envergadura y, con ella, poder y—debido a esos factores—bastante influencia. Esto permite que los que se asocian con ella compartan un sentimiento de importancia y de poder corporativo, así como un sentido de estar establecidos más cómodamente. Las ciudades literales, aparte de ofrecer seguridad aparente y capacidad para satisfacer la preocupación por el poder y la prominencia, tenían sus males, incluyendo “la reducción de los individuos a miembros de la muchedumbre”.[11] El mismo efecto se puede ver en las “ciudades” figurativas en el campo religioso. Éstas proveen los medios para que una minoría obtenga prominencia, pero cuanto mayores llegan a ser, más se ve reducido el individuo a ser un mero apoyador (un segmento de la base del poder). La comunicación íntima se vuelve menos frecuente, menos factible, con el resultado de que las relaciones se vuelven, no más fuertes, sino más débiles. Sin embargo, la tendencia natural humana es apartarse de las “tiendas”, con su pequeñez aparente y su carencia de evidencia externa de fuerza y perduración, y acercarse a la “ciudad” o “campamento” y todo lo que parece ofrecer. Ciertamente, el orgullo inclinaría a considerar las “tiendas” irritantes, insatisfactorias. El orgullo maniobraría en la dirección de la “ciudad”.

Para los hebreos a quienes se dirigió esa exhortación, el cristianismo significó la voluntad de “salir fuera del campamento”, al precio de perder asociaciones anteriores y de ser etiquetados de proscritos, no autorizados a ciertos privilegios que tenían los que estaban “en el campamento”. Pero el soportar esta dificultad y el creer que el aislamiento no los separaría de Cristo, los llevaría más cerca de Cristo. Como Abraham y otros, ellos podían mostrar que no tenían ninguna “ciudad que continúe“, sino que buscaban una ciudad con fundamentos eternos. La distancia hasta el “campamento” nunca debe producir un sentido de distancia hasta Dios, sino que más bien puede producir un sentido elevado de proximidad. Debido a esto, después de su llamamiento a seguir a Cristo “fuera del campamento”, el escritor a los hebreos habla inmediatamente de dar “a Dios sacrificio de alabanza”.[12]

Creo que el aceptar la vida “fuera del campamento” es una de las cosas más difíciles de afrontar para las personas, quizás no menos difícil que para los hebreos de entonces. Mis comentarios a este respecto no se deben a alguna simple aversión al aspecto como de “ciudad” en el sentido de grandes organizaciones religiosas organizadas, sino porque creo sinceramente que se pierden cosas muy valiosas cuando regresamos al “campamento”, o tomamos “residencia” en alguna de esas “ciudades”—básicamente cosas como la sencillez de la hermandad, el espíritu familiar, el interés en lo espiritual más bien que en lo tangible, lo sensual, lo físicamente impresionante. Creo que es razonable pensar que la humildad se puede cultivar mejor en el entorno de las tiendas que en el de la ciudad. Vivir “fuera del campamento” puede significar una falta de reconocimiento y puede producir junto con ella el sentimiento de estar “en el aire”, más bien que estar cómodamente instalado, pero creo que trae beneficios espirituales y eternos que hacen más que compensar y que pueden llenar el corazón.[13]

Lo que se ha dicho, tanto en este capítulo como a través de este libro, no es una apología del aislacionismo eremítico. Todos tenemos la necesidad de estar unidos a los demás. Tenemos una percepción interna de ello. Sin embargo, esencialmente la cuestión es si el asociarse con otros resultará en una relación que permita el ejercicio de la conciencia personal y el derecho de actuar como un individuo responsable, o si, en cambio, exigirá hipotecar estos derechos en una unión que en última instancia roba la libertad y la integridad personal.

En mi propio caso, no tengo ningún deseo de formar parte de ninguna confesión. Esto no es consecuencia de una renuencia a fraternizar con la gente, o de un interés exagerado por la independencia; tampoco es debido a un sentido complaciente de autosuficiencia, o a una aversión farisaica de arriesgarme a ser “contaminado” por la asociación con aquéllos entre cuyas creencias existen algunas que yo considero equivocadas. En general, creo que soy quizás menos proclive a juzgar a los miembros de las diferentes confesiones, de lo que a menudo ellos son con respecto a confesiones que no son la suya.[14] Mi sentimiento de apertura no es hacia los sistemas a los que se adhiere la gente, sino hacia ellos como personas.

El que yo permanezca libre de ataduras confesionales, pues, no es indicativo de una perspectiva puramente negativa o pesimista, sino que es debido en primera instancia a factores positivos. Es porque creo que puedo prestar un mayor servicio, un mejor servicio a Dios, a Cristo y a mis semejantes, si no me ato a ningún sistema, sea una sencilla confesión o un “establishment” religioso multi-confesional en conjunto. Honestamente considero que eso, más que un adelanto es un estorbo. No me convencen los argumentos de que se puede hacer más siendo parte de un sistema que separado del mismo. El registro bíblico muestra que los profetas operaban esencialmente fuera del “sistema”, como Juan el Bautista y el propio Cristo. Y no creo que entre los cristianos de tiempos apostólicos hubiera algo parecido a los “establishment” o sistemas religiosos actuales. El poder de Dios y de su Hijo seguro que supera cualquier poder derivado que uno pudiese obtener por medio de la pertenencia a una organización, incluso aunque la organización fuese, como lo son algunas organizaciones religiosas, de tamaño descomunal. Creo que ese tipo de poder es enormemente ilusorio, ya que lleva consigo sus propias condiciones limitadoras y restrictivas en forma de requisitos para la pertenencia, condiciones previas que debilitan al individuo como persona, más bien que fortalecerlo. Y yo creo que es lo que somos como personas lo que en última instancia tendrá el mayor significado en nuestros esfuerzos para ser de provecho a otros.

En mi situación actual aprecio sentirme completamente libre para expresar interés en todas y cada una de las personas, sean de alguna confesión o de ninguna, sin estar predispuesto a favor de algunas frente a las demás—y sin que sientan que estoy intentado promover los intereses de alguna confesión. No hay duda de que la mayor parte de mis contactos es con personas que estaban o todavía están afiliados con los Testigos de Jehová. No obstante, esto no es debido a un menor interés en otras personas. Es simplemente el modo natural en que se han desarrollado las cosas. Es desde donde han llegado la mayoría de los mensajes, al igual que la mayor parte de las declaraciones de necesidad. Reconozco, por supuesto, que quizás puedo prestar un mayor servicio a personas que son o que han sido Testigos, ya que mis antecedentes me permiten entender sus circunstancias y puntos de vista más claramente de lo que podría en el caso de los que tienen antecedentes diferentes. No obstante, mi esposa y yo hemos invitado a comer en casa a varias parejas de entre nuestros vecinos, personas con antecedentes confesionales diferentes, con el fin de conocernos mejor. Y en todas las ocasiones nuestras conversaciones incluyeron asuntos espirituales, no porque planeásemos introducirlos, sino por el interés normal de nuestros vecinos. Un hombre católico romano de Italia nos ha visitado y ha comido con nosotros unas cuantas veces, y siempre he encontrado sus visitas refrescantes, debido a su clara preocupación por las personas y a su interés personal en las Escrituras. Estoy a disposición de todas estas personas, y creo que cualquiera de ellos, si tuviesen la necesidad, se sentiría libre de llamarme para cualquier tipo de ayuda que pudiese darles en sentido espiritual, así como en otros aspectos de la vida. Espero aumentar y ensanchar estos contactos en los próximos años.[15]

Creo que la práctica del primer siglo de reunirse en los hogares para asociación cristiana es tan practicable hoy como lo era entonces. No creo que se requiera la presencia de alguna persona notablemente sapiente, o de alguna persona de tipo “carismático”, para conseguir lo bueno. Nosotros no tenemos el privilegio de tener al Hijo de Dios entre nosotros, como las personas del primer siglo. Pero sí tenemos las palabras del Hijo de Dios, el registro de su vida, y las palabras de los apóstoles. El simplemente leer juntos las Escrituras y el discutir lo que pueden significar para nosotros, puede ser una fuente de ánimo y de fortaleza. Por lo menos hemos visto que esto es así en nuestro propio caso.

Obviamente no existe regla alguna que limite las reuniones a grupos relativamente pequeños.[16] Ni tampoco hay ningún mandato de reunirse sólo en hogares. Mi preferencia por estas condiciones se basa, no en alguna creencia de que estamos obligados a hacer las cosas precisamente tal y como se hacían en el primer siglo, sino en los beneficios que veo en estos encuentros relativamente pequeños en los hogares. Parece que el factor decisivo debería ser si el arreglo contribuye o no al sentimiento de relación familiar, la simplicidad que permite fijar nuestra atención en lo que es espiritual, el sentimiento de que la reunión es—no algo que está en algún compartimento distinto, separado—sino simplemente una más de las muchas hebras de la actividad, que tejidas juntas forman el tejido de una vida de servicio a Dios, una expresión natural de interés amoroso en los demás. Personalmente creo que esos factores se enaltecen con las reuniones en los hogares, y que a menudo quedan enmascarados en los llamados “servicios religiosos”.

A veces surge la cuestión del bautismo. Puede haber una inclinación a pensar en el bautismo en el contexto de la afiliación con alguna comunidad religiosa, como un acontecimiento patrocinado, o incluso autentificado por alguna de esas comunidades. Al contrario, sería difícil imaginarse una acto más personal que el bautismo. El relato del eunuco etíope y su bautismo espontáneo al lado de un camino cuando estaba de viaje ilustra esto hermosamente.[17] El acto no tiene nada que ver con el llegar a ser miembro de algún sistema religioso, sino que simboliza la confesión hecha pública de la fe en el Hijo de Dios y “la solicitud hecha a Dios para una buena conciencia, mediante la resurrección de Jesucristo”.[18] En las Escrituras no se presenta a los bautismos como ocasiones programadas, ni siquiera el bautismo de miles de personas en Pentecostés. No eran parte preparada de antemano de un programa de “asamblea”. Se llevaban a cabo espontáneamente cuando surgía la ocasión, y quienquiera que estuviera presente realizaba el bautismo.[19] No existe, pues razón alguna para que uno espere circunstancias especiales o una ocasión especial para bautizarse. Un hombre podría bautizar a miembros de su misma casa.

También está la cuestión de volver a bautizarse. Ciertamente, el separarse de un sistema religioso por sí mismo no requiere eso, como si la validez del bautismo—o la falta de ella—dependiese de la pertenencia a una organización. Puesto que el acto es evidentemente tan personal, el factor determinante es el significado que tuvo para uno el bautismo en ese momento, lo que estaba en su mente y corazón. Para mí significó el ofrecerme a mí mismo a Dios a través de Cristo sobre la base de su sangre derramada; ese pensamiento era preeminente en mi mente y llenó mi corazón en el mismo momento de ser bautizado. Para mí nunca hubo la menor duda de que Cristo era mi Señor y Amo. Cierto, yo estaba en una organización religiosa particular y la apoyé durante décadas. Pero hice eso porque creía que esa organización estaba sirviendo genuinamente a Dios y a Cristo, que era sumisamente obediente a ellos. Cuando, con el tiempo, surgió el asunto que hizo evidente que me enfrentaba a una clara elección, no sentí ninguna incertidumbre respecto a qué decisión tomar, incluso aunque significó terminar con un aspecto de una herencia religiosa que se extendía por tres generaciones. No puso fin a otro aspecto, el más importante—pues mis padres Testigos nunca me habían inculcado la creencia de que en primer lugar estaba una organización, sino que Dios estaba siempre primero. Me doy cuenta de que éste quizá no haya sido el caso de otras personas. Ellas son obviamente libres de tomar sus propias decisiones sobre la autenticidad de su motivación en el momento de su bautismo.

Algunas personas hablan de que han “llegado a ser cristianos” y “aceptado a Cristo” después de abandonar a los Testigos de Jehová. Eso quizá sea cierto en su caso. En mi propio caso, fue precisamente por ser un cristiano y por haber aceptado a Cristo como mi Cabeza y Amo elegido por Dios, por lo que tomé el derrotero que tomé. Mi separación de la organización Watch Tower no originó que yo aceptara a Cristo, sino que se originó de haberlo aceptado muchas décadas antes.

¿Son, pues, cristianos los Testigos de Jehová? Los que plantean esta pregunta generalmente quieren decir: ¿Son cristianos “verdaderos”? A menudo, los que preguntan tienen su propia definición de lo que constituye esa “veracidad”, definición que está influenciada por el credo que ellos adoptan en ese momento. Mi respuesta sería que creo que entre los Testigos de Jehová hay más o menos la misma proporción de cristianos verdaderos que en cualquier otra iglesia. Sé, por mis sesenta y tantos años de relación con ellos, incluyendo la asociación íntima con los hombres que están en la dirección, que muchos están motivados de corazón en promover la adoración de Dios. Hacen lo que hacen porque creen, correcta o incorrectamente, que sus esfuerzos promoverán esa adoración. Creo que en sus enseñanzas y prácticas la organización misma manifiesta serias desviaciones del cristianismo. Estos factores constituyen impedimentos definitivos que dificultan una apreciación más plena, más rica de las enseñanzas de la Palabra de Dios. Oscurecen, a un grado apreciable, la relación que debemos tener con Dios y su Hijo, e impiden que las personas hagan una expresión plena de los frutos del Espíritu de Dios y del amor que está en sus corazones. Pero creo que en los demás sistemas confesionales también existen impedimentos, aunque quizás tomen formas distintas. Y no creo que esos impedimentos por sí mismos puedan apartar a nadie de tener un corazón devoto a Dios y a Cristo, si uno no lo permite.[20] Con el tiempo, los aspectos no cristianos de una organización pueden hacer que las personas se enfrenten a una elección que demuestre dónde está su lealtad, dónde está su fe en realidad. La autenticidad de su cristianismo será entonces evidente. Por un lado, pudiera parecer ventajoso el que reconociesen la realidad de las cosas sin necesidad de que ésta les produjera una situación de crisis. Y, sin embargo, el que su compromiso pase por una prueba completa, el que de hecho “sedé un paso al frente” con él, antes de anular ese compromiso como fútil, también puede tener un efecto enriquecedor de su madurez. El haberse esforzado por trabajar dentro de un sistema, haciendo todo lo posible en un esfuerzo por traer mejoras o por influir para corregir las equivocaciones, más bien que simplemente abandonar el sistema a la primera señal de error o equivocación, puede ser una experiencia valiosa. De otro modo uno se podría preguntar si la decisión de separarse fue realmente la apropiada. Yo tomé ese derrotero y desde entonces no he tenido duda alguna sobre la rectitud de la decisión que tomé.

Tal como podemos resolver rápidamente el problema de la asociación al unirnos a alguna confesión, podemos resolver rápidamente el problema de en qué creer, al adoptar lo que se llama “ortodoxia”. El término en sí es excelente, pues se deriva de las palabras griegas ortho y doxa que significan simplemente “enseñanza correcta”. En la realidad ha llegado a significar un conjunto de creencias que han sido definidas y establecidas como resultado de los varios concilios celebrados en los primeros siglos. Algunas de estas creencias son simplemente reformulaciones de las Escrituras, y obviamente son “enseñanza correcta”. Otras son el resultado de interpretación, argumentación y debate, y han sido declarados “ortodoxia” por hombres con autoridad. Como lo indica una fuente, “el cristianismo ortodoxo es algo puramente descriptivo—y se refiere simplemente a la opinión mayoritaria”.[21] La “opinión mayoritaria” fue consecuencia del voto de hombres que constituían lo que se puede llamar apropiadamente “cuerpos gobernantes” del pasado.[22] Mi propia experiencia íntima con un cuerpo gobernante religioso me suministra poco fundamento para creer que el voto mayoritario de los líderes religiosos que formaron un cuerpo gobernante del pasado aporte fuerza genuina para la aceptación de una creencia. En mi vida religiosa anterior vi que las personas creían demasiado a menudo porque “la organización” lo había dicho. No veo ningún progreso o mejora en creer ahora porque la “ortodoxia” lo diga, a través del mismo medio de autoridad religiosa. Muchos de los que hoy son “ortodoxos” han llegado a serlo a través del mismo proceso de adoctrinamiento e intimidación intelectual, y con la misma falta de pensamiento independiente y análisis crítico de la argumentación que caracteriza a tantos dentro de la organización Watch Tower. El mero hecho de que una creencia se haya mantenido por largo tiempo—o que haya conseguido aceptación en el pasado—puede hacer que sea tradicional pero no la hace por sí misma correcta.[23]

De modo parecido, no veo ningún progreso ni mejora cuando las personas dan un giro de 180 grados en sus creencias, pero retienen el mismo dogmatismo y auto-rectitud que los caracterizaba antes del cambio de creencias. Debemos adorar a Dios “en espíritu y en verdad”, y el espíritu que manifestamos es el ejemplificado por el Hijo de Dios, un espíritu tan opuesto al que expresaron los fariseos controlados por las tradiciones.[24] He llegado a darme cuenta de que una parte considerable de lo que creía anteriormente no tiene fundamento sólido en las Escrituras. No pretendo haber resuelto todas las preguntas bíblicas, ni haber llegado a un conjunto de conclusiones sobre todas las enseñanzas, en el tiempo que siguió. Pero respecto a aquellas enseñanzas en las que tengo una firme convicción, creo que puedo decir honestamente que esto es sobre la base de lo que dice la Palabra de Dios y no una mera proyección de mi anterior religión. El hecho de que una creencia se aprendiese en esa religión no tiene el efecto de recomendármela. En realidad, la desilusión con un sistema religioso puede producir fácilmente una tendencia a considerar ahora negativamente y como sospechoso cualquier entendimiento particular de las Escrituras simplemente porque corresponde a una creencia mantenida anteriormente en un sistema religioso ahora rechazado. Sin embargo, no veo razón alguna para negar algo simplemente porque se encuentre en enseñanzas dentro de esa religión. Mi anterior religión me inculcó sin lugar a dudas el respeto básico por las Escrituras, una creencia en la importancia dominante de la adoración y de la obediencia a Dios, de la esperanza de la vida vinculada al sacrificio en rescate de Cristo y su resurrección, de la autoridad soberana expresada a través de su Reino. No quisiera descartar estas enseñanzas. Es cierto que, al mismo tiempo, sus otras enseñanzas socavaron y viciaron la fuerza de tanto de esto, no obstante, no al grado de robarles todo su poder a las verdades esenciales, como se puede ver por el hecho de estas mismas verdades, y la convicción de su exactitud, llevaron a mi eventual desasociación. Reconozco que pudiera haber aprendido esas mismas verdades básicas en muchas otras religiones cristianas. Sucede que las aprendí donde las aprendí, en la religión de mis padres, la religión en la que crecí.

Creo que muchas personas confunden ciertos puntos de vista como que son únicos entre los Testigos de Jehová, o entre lo que esas personas llaman “sectas”, un término que, como se ha observado, se aplica con demasiada frecuencia a cualquier religión con la cual se está en desacuerdo. Al tachar ciertas creencias o puntos de vista como “sectarios”, quienes lo hacen dejan de reconocer que, aunque difieren (a veces considerablemente) en el detalle, se puede encontrar un punto de vista básico similar en los escritos de muchos teólogos respetados—incluso de teólogos aceptados como merecedores de la designación de “ortodoxos”.

Como ejemplo, el punto de vista común entre muchos sobre el alma humana lo describe S. C. Guthrie, profesor en el Columbia Theological Seminary (una institución presbiteriana), de este modo:

De acuerdo con esta doctrina sólo mi cuerpo puede morir, pero yo mismo no muero realmente. Mi cuerpo sólo es el caparazón de mi yo verdadero. No soy yo; es sólo la prisión física-terrenal en la cual está atrapado el verdadero “yo”. Mi verdadero ser es mi alma, la cual, porque es espiritual y no física, es como Dios y por lo tanto comparte la inmortalidad de Dios (imposibilidad de morir). Lo que ocurre en la muerte, pues, es que mi alma inmortal escapa de mi cuerpo mortal. Mi cuerpo muere, pero yo mismo continúo viviendo, y regreso a la región espiritual de la cual vine y a la cual pertenezco realmente.

Habiendo dicho esto, este respetado teólogo pasa a afirmar:

Si nos atenemos a la esperanza genuinamente bíblica para el futuro, tenemos que rechazar firmemente esta doctrina de la inmortalidad del alma por varias razones.

Entonces procede a detallar esas razones de las Escrituras. Antes de hacerlo, sin embargo, discute el origen de la creencia que describió primero, afirmando:

Esta doctrina [de la inmortalidad inherente del alma] no fue enseñada por los propios escritores bíblicos, pero era común en las religiones griegas y orientales del mundo antiguo en el cual nació la iglesia cristiana. Algunos de los primeros teólogos cristianos fueron influidos por ella, leyeron la Biblia a la luz de ella y la introdujeron en el pensamiento de la iglesia. Siempre ha estado con nosotros desde entonces, influyendo incluso a las confesiones reformadas (vea la Westminster Confession, XXXII; la Belgic Confession, Art XXXVI).[25]

No presento esto aquí como algo conclusivo ni como una opinión que todos debieran aceptar. Para determinar si este punto de vista es convincente, uno debería leer y sopesar la validez de sus razones bíblicas, que yo no he incluido en la cita. Aunque se pueden encontrar numerosos eruditos que expresan el mismo punto de vista que este teólogo particular, el número de ellos y su reputación no son decisivos; se pueden encontrar similarmente teólogos de reputación que argumentan a favor de un punto de vista diferente, opuesto. Mi propósito aquí no es argumentar sobre la validez de la idea expresada, sino solamente mostrar que, aunque pueda existir la inclinación de rechazarla de antemano como el producto de una “idea sectaria”, existen de hecho eruditos reputados que expresan ese punto de vista.

Ocurre algo parecido con la relación entre el Padre y el Hijo tal como se revela en las Escrituras. No hay ninguna duda de que se atribuye la deidad al Hijo, pues el término theos se le aplica a él en ciertos textos.[26] La cuestión última es lo que esa deidad significa.[27] El no-trinitarismo es un aspecto notable de la creencia de los Testigos de Jehová, aunque no es exclusivo de su religión.[28] Ningún erudito ortodoxo apoyaría las ideas que enseña la organización Watch Tower con respecto a la naturaleza de Cristo. No tengo interés en defender esas ideas, pues creo que algunas son deficientes. ¿Requiere esto que se acepten como “enseñanza correcta” las enseñanzas ortodoxas tradicionales sobre el tema? La única razón para que esto debiera ser así—o pudiera ser en mi caso personal—es que se pudiera mostrar un fundamento bíblico concluyente para ello.[29]

No hay duda de que las publicaciones de la Sociedad Watch Tower a veces citan fuentes de un modo que no representa honestamente lo que la fuente decía en realidad. No obstante, permanece el hecho de que las afirmaciones con respecto al origen y desarrollo de la doctrina que se discute se han hecho con tal claridad que sería difícil entenderlas mal. Aquí presento citas de dos fuentes teológicas, ambas bien conocidas y respetadas. Las citas no están pensadas para contradecir ni refutar la enseñanza trinitaria. Ambas fuentes son trinitarias y lo que presentan no constituye un intento de refutar la doctrina. Si no fuesen trinitarias, o fuesen menos respetadas, no las citaría en este punto.

La primera cita es de un artículo sobre la “Trinidad” que se encuentra en The International Standard Bible Encyclopedia (edición de 1988 [una revisión de la edición de 1929]), escrita por Cornelius Plantinga, profesor de teología sistemática en el Calvin Theological Seminary. Lo que encuentro notable sobre las afirmaciones del artículo es el grado de cautela expresado, el reconocimiento franco de incertidumbres. El párrafo introductorio del artículo lee:

Aunque la “trinidad” es un término del segundo siglo que no se encuentra en ningún sitio en la Biblia, y las Escrituras no presentan ninguna afirmación trinitaria consumada, el Nuevo Testamento contiene la mayor parte de los materiales de construcción para la doctrina posterior. En particular, mientras que se insiste en un Dios, se presenta a Jesucristo como el Hijo divino en distinción a Dios el Padre, y probablemente presenta al Espíritu Santo o Paráclito como una persona divina distinta de ambos. Hay que admitir que hay problemas obvios asociados a ambas alegaciones; de hecho “persona” como término trinitario (tríada) ha sido controvertido por sí mismo desde Agustín [354-430 A.D.], y especialmente en el período moderno. Además, la doctrina de la trinidad no se basa en las Escrituras “en solución” (B.B. Warfield ISBE [1929], s.v.); es decir, el NT presenta sucesos, alegaciones, prácticas y problemas, a partir de los cuales los padres de la iglesia cristalizaron la doctrina en siglos sucesivos. [30]

Podría valer la pena releer este párrafo, tomando nota de todas las expresiones calificativas que contiene. En su cautela, el material sólo asevera que en las Escrituras se encuentran los “materiales de construcción” para la doctrina, no la doctrina misma, y que los “padres de la iglesia cristalizaron” la “doctrina posterior”.[31] De la ‘personalidad del Espíritu Santo’ se dice que está “probablemente” presente en las Escrituras. Análogamente se reconoce que existen “problemas obvios” y controversia continua, incluso respecto al uso del término “persona” al describir tres personas de la trinidad. Aunque el artículo en conjunto intenta demostrar definitivamente la validez de la doctrina, a través del mismo aparecen intermitentemente la misma cautela y franqueza.

La información de este material no es de ningún modo única. La segunda cita ilustra más ampliamente el aspecto “controvertido” de la doctrina “en el período moderno”. La cita proviene del internacionalmente respetado teólogo suizo Emil Brünner. Este teólogo es trinitarista, y en la cita siguiente de su libro The Christian Doctrine of God (La doctrina cristiana de Dios), página 226, habla incluso de ‘Dios llegando a ser hombre y aguantando la cruz’. Sin embargo, también afirma lo siguiente:

Nunca fue la intención de los testimonios originales sobre Cristo en el Nuevo Testamento poner ante nosotros un problema intelectual—el de las Tres Personas Divinas—y entonces decirnos en silencio que adoremos este misterio de los “Tres-en-Uno”. No existe ningún indicio de tal idea en el Nuevo Testamento. Este “misterium logicum”, el hecho de que Dios es Tres y aun Uno, reside completamente fuera del mensaje de la Biblia. Es un misterio que la Iglesia pone en su teología ante los fieles, por el cual ella obstaculiza y dificulta la fe de éstos en su teología, con una heteronomía [es decir, al contrario de la autonomía, una sujeción a otros] que está en armonía, es cierto, con una falsa alegación de autoridad, pero que no tiene conexión con el mensaje de Jesús y de Sus Apóstoles. Ningún Apóstol hubiera soñado en pensar que existen Tres Personas Divinas, cuyas relaciones mutuas y unidad paradójica están más allá de nuestro entendimiento. Ningún “misterium logicum”, ninguna paradoja intelectual, ninguna antinomía [conflicto aparentemente irresoluble] de Trinidad y Unidad, tiene cabida en su testimonio, sino solamente el “misterium majestatis et caritatis”: es decir, que el Señor Dios se hizo hombre y aguantó la Cruz por nosotros. El misterio de la Trinidad, proclamado por la Iglesia y encerrado en su Liturgia desde los siglos quinto y sexto en adelante, es un pseudo-misterio, que surgió de una aberración de pensamiento teológico desde las líneas trazadas en la Biblia, y no desde la misma doctrina bíblica.

Al igual que con la cita previa, no presento esto como una forma de “prueba” en uno de los lados particulares de la cuestión sobre la validez de la doctrina de la trinidad. Lo presento porque se alega tan a menudo que la reluctancia de aceptar lo que se puede llamar trinitarismo ortodoxo o tradicional es debido a la ignorancia de la persona de los idiomas originales de las Escrituras (hebreo, y particularmente griego), o a haber sido adoctrinado con una visión unilateral y desviada de la historia religiosa, o debido a su entendimiento de ciertos textos que han sido deformados por una traducción o interpretación desviada de los mismos. El dominio de este teólogo protestante suizo de los lenguajes bíblicos y la profundidad de su conocimiento sobre la historia religiosa, del período preniceano y de los siglos siguientes, están fuera de toda duda. Lo mismo es seguramente cierto de su conocimiento de los diversos argumentos, a favor y en contra, respecto a los textos bíblicos que figuran en la disputa trinitaria. Sin embargo, él hace evidente que su aceptación del misterio de la trinidad es un producto del pensamiento teológico, no la causa de la creencia de que la enseñanza misma esté presente explícitamente en las Escrituras.[32]

Del mismo modo que se podrían presentar citas que coinciden con las de Brünner, se podrían presentar citas en contra de las suyas. Yo no comparto algunos de sus puntos de vista. Se podría hacer una discusión versículo por versículo de pasajes bíblicos relevantes y se podrían presentar alegaciones a favor y en contra. Este no es mi propósito aquí. Mi intención no es argüir contra ciertas doctrinas, sino contra el dogmatismo y el criticismo que a veces las acompaña.[33] Lo que he citado es solamente para demostrar que existen eruditos altamente respetados que, aunque ciertamente no sostienen las alegaciones de la Sociedad Watch Tower, no consideran que el cuestionar el fundamento bíblico de esta doctrina en su forma tradicional, ortodoxa, sea el resultado de ignorancia o de una mentalidad sectaria.[34] Es de mayor seriedad para mí el hecho de que esto ilustra por qué no puedo simpatizar con quienes adoptan una actitud de juicio hacia otros por no tener opiniones coincidentes con las suyas propias, negándose unos a otros categóricamente la posibilidad de ser cristianos. Encuentro digno de notar que, en contraste con el grado de moderación, cautela y equilibrio expresado por las fuentes ya citadas, a menudo personas cuyas credenciales académicas son inmensamente inferiores están entre las más insistentemente dogmáticas y acusadoras en relación con estos mismos tópicos. No tengo duda de que algunos de los argumentos y razonamientos que ellos emplean se considerarían como completamente indignos de consideración por estas mismas fuentes eruditas respetadas. Sea que seamos instruidos o no, creo que debemos guardarnos del dogmatismo y de la reprobación, que son indicativos, no de sabiduría y de discernimiento, sino de pequeñez, tanto de mente, como de espíritu y de corazón.

En resumen, pues, aunque estoy convencido de que la única religión verdadera es el cristianismo mismo, no algún sistema religioso que alegue representarlo y ejemplificarlo, también creo que la verdad se encuentra en las Escrituras, no en ningún conjunto particular de interpretaciones que hayan desarrollado los hombres o todavía esté por desarrollar. Esa verdad no está solamente en las palabras mismas, sino básicamente en la revelación que nos dan de Dios y de su Hijo. Será casi inevitable que difiramos en nuestro entendimiento sobre algunos puntos, pero si estamos gobernados por el Espíritu de Dios, no deberíamos tener mayor dificultad en estar de acuerdo en aquellas enseñanzas clara y llanamente establecidas.

Obviamente, sería todo mucho más fácil si uno pudiese responder a las solicitudes de ayuda ofreciendo soluciones simples y rápidas. Muchos que me han escrito evidentemente querían eso. Algunos quieren poder pasar desde una organización de tamaño y poder considerables a otra de por lo menos algún tamaño y poder. Mis respuestas deben haber sido un desengaño para ellos. En esos casos, evidentemente buscaron en otra parte y no volví a oír de ellos.

Sería agradable poder hacer cosas grandes para los demás, satisfacer sus deseos y necesidades en un modo que esté a al altura de sus expectaciones o deseos. Sé que esto está simplemente más allá de mi capacidad. No tengo ninguna fórmula mágica para obtener soluciones rápidas y sencillas a los problemas, y los resultados de mis esfuerzos en ayudar a otros no tienen ninguna naturaleza espectacular. Los resultados se han conseguido a menudo a través de mantener correspondencia por un período de meses, incluso años, y generalmente han sido manifiestos sólo de forma gradual—personas que parecían estar dominadas por la amargura han llegado a ser libres de sus efectos destructivos, personas que parecían muy inseguras de su posición con Dios han manifestado mayor confianza y paz mental. Obtengo alivio en las palabras de despedida de Pablo a una asamblea de hermanos en Éfeso cuando, después de afirmar que no esperaba volver a verlos y de avisarles del levantamiento de hombres ambiciosos que torcerían la verdad para conseguir sus propios fines, dijo:

Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados.[35]

No creo que sea fallarle a nadie el animarle a poner su confianza de corazón, no en hombres o en sistemas humanos, sino en Dios. Animar a las personas en la fe que anhela por Él, hecho tanto explícitamente en oración como implícitamente por el mismo derrotero de vida que seguimos, no quedará desoído, sin respuestas, y que reconozcamos que lo que nuestro Padre celestial nos da sabiamente es lo que genuinamente necesitamos, no lo que podamos simplemente desear. Creer que si buscamos afanosamente, con todo el esfuerzo que pueda requerir la búsqueda, encontraremos lo que de verdad vale la pena encontrar. Que si seguimos llamando, estando alerta a las oportunidades de beneficio espiritual para nosotros y de servicio a otros—no meramente contemplando las oportunidades, sino haciendo uso de todas y cada una de las que aparecen ante nosotros—entonces se abrirán ante nosotros muchos caminos que son tanto recompensadores como refrescantes.[36]

Y, tal como lo expresó Pablo, tengo plena confianza en el poder de la palabra de Dios provista por su gracia, en su mensaje, para estabilizar, apoyar, fortalecer y edificar a quienes la introducen en sus mentes y corazones. No puedo concebir a un Padre amoroso que deje de transmitir su pensamiento, su voluntad y sus promesas a sus hijos de un modo que esté disponible a todos, que se comunique con los demás a través de ciertas personas favorecidas, sino que hable a todos, a cada uno, con una igualdad de interés y de amor. Esa comunicación se puede encontrar en las Escrituras, disponible para ser leída por todos, de modo que todos estén oyendo el mismo mensaje esencial, y también en los tratos personales de Dios con nosotros a través de su Hijo en nuestra vida y experiencias cotidianas, al actuar en respuesta a ese mensaje básico. Su Hijo se regocijó en el hecho de que su Padre se revela a sí mismo no sólo a los instruidos y sabios, a los intelectuales y a los inteligentes, sino también a los sencillos, a los que tienen la naturaleza sencilla de niños.[37] Si tendemos a dudar que tenemos la fortaleza o habilidad necesarias para cumplir la voluntad de Dios para nosotros, necesitamos releer estas palabras del apóstol de Cristo:

¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor.[38]

La fe nos asegura que el poder está ahí, poder para sostenernos a través de cualquier problema, poder para capacitarnos para encontrar soluciones, para superar obstáculos en nuestro camino cristiano, para mantenernos firmes en nuestro rumbo hasta que finalmente se alcance nuestra herencia. La fuerza y la sabiduría que necesitamos está disponible; depende de nosotros el asirnos de ella. El clima de libertad en el cual nos ha introducido Cristo, el entero espíritu de su revelación, abre las oportunidades más excelentes para hacer esto. Podemos abrazar y atesorar esa libertad con la seguridad de que es ideal para permitirnos alcanzar nuestras metas de conocimiento, de fortaleza espiritual, de confianza, de vida vivida sabiamente, con significado, y sobre todo amorosamente, con la herencia de la vida eterna en mira. Que tengamos el valor y la fe para abrazar, atesorar y utilizar plenamente esa libertad.

                                                     

 

Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu. –2 Corintios 3:17, 18, Biblia de Jerusalén.



[1] Gálatas 5:13; 1 Pedro 2:16, 17.

[2] Mateo 13:28-30, 39-43.

[3] Esto no quiere decir de ningún modo que se haya renunciado a la fuerza atribuida a la autoridad papal. Aunque hay mayor libertad de discusión, los representantes de la iglesia están prestos a reaccionar si se considera que alguna declaración pública crea alguna duda en cuanto a su autoridad y campo de influencia. Como dice Charles Davis: “Hoy en día, mientras [un teólogo] pueda permanecer en el campo de la teología pura . . . es menos probable que sea molestado. Tiene que ser cauteloso, pero las autoridades de la Iglesia saben que hay poco que puedan hacer para controlar el pensamiento teológico. Pero toque un punto práctico, que no es necesario que afecte a la fe cristiana, sino simplemente a la política oficial o al orden establecido, y hay malestar.” (A Question of Conscience, páginas 236)

[4] A Question of Conscience, páginas 237, 238.

[5] A Question of Conscience, página 238.

[6] Hebreos 13:12-14, Versión Reina-Valera

[7] Génesis 4:13-17

[8] Génesis 11:1-9

[9] Hebreos 11:8-16

[10] Hebreos 12:22; 13:14; Gálatas 4:25, 26; Revelación 21:1-7

[11] The International Standard Bible Encyclopedia, Tomo I, página 714. Esta obra también comenta: “La venidera ciudad de Dios se define por la presencia de Dios, quien es todo en todos. . . . Esto sería nuestra ‘identidad urbana’ básica, queriendo decir que residimos como peregrinos y extranjeros en las otras ciudades del mundo. Nuestra tarea es ser la ‘ciudad establecida en una montaña’ y la ‘luz del mundo’.”

[12] Hebreos 13:15

[13] Empleando una analogía diferente, el escritor y educador John A. Shedd dijo una vez: “Un barco está seguro en puerto —pero los barcos no son para eso”.

[14] El protestantismo, por ejemplo, se divide generalmente en una amplia variedad de líneas—evangélica, reformada, carismática, fundamentalista, liberal, etc.—mientras que dentro de cada una de estas amplias ramificaciones existen docenas de líneas confesionales que producen divisiones adicionales. La unidad existente se materializa a menudo sólo en la forma a algunas declaraciones emblemáticas. Desdichadamente, la competitividad es, con frecuencia, más evidente.

[15] También hemos disfrutado de tener en varias de las discusiones bíblicas en nuestro hogar a algunas personas cuyos antecedentes no tiene que ver con los Testigos.

[16] En Atenas, Grecia, las reuniones en hogares llegan a congregar hasta sesenta personas—anteriores Testigos y otros que no han sido Testigos.

[17] Hechos 8:26-39

[18] Romanos 10:9, 10; 1 Pedro 3:21, 22.

[19] Hechos 9:17, 18; 10:44-48; 16:14, 15, 25-33

[20] Mis opiniones sobre esto se corresponden con las expresadas en A Question of Conscience (Una cuestión de conciencia), donde el autor, Charles Davis, escribe (página 22): “Cuando alguien me preguntó lo que se sentía al estar fuera de la Iglesia Católica Romana, me encontré respondiendo espontáneamente: es como si me hubiese vuelto a juntar con la raza humana.” Yo sentí lo mismo al separarme de la organización Watch Tower. No obstante, Davis sigue diciendo: “No quisiera que se me interpretase mal. He conocido gran amor y generosidad entre los católicos. . . . No me considero apartado de los católicos como personas cristianas. No estoy, por lo tanto, repudiando a los católicos como personas individuales. . . . Los conozco como personas muy buenas, pero que están luchando contra cargas pesadas . . . dentro de los confines de su Iglesia.”

[21] Dr. Bruce Shelley, profesor de Historia de la Iglesia en el Denver Seminary, en su libro Church History in Plain Language (Historia de la Iglesia en lenguaje común), página 62.

[22] Como se ha mostrado, el término “sínodo”, empleado para describir a los concilios religiosos, conlleva como una de sus definiciones la de “un cuerpo gobernante”. Vea el capítulo 3, nota al pié 48.

[23] Compare con Marcos 7:1-8; Gálatas 1:14.

[24] Juan 4:23, 24

[25] Christian Doctrine, Shirley C. Guthrie, Jr, (John Knox Press, Atlanta, 1968), páginas 381-383. El autor es profesor de teología sistemática en el Columbia Theological Seminary, y está doctorado por el Princeton Theological Seminary y la Universidad de Basel, Suiza.

[26] Juan 1:1, 18

[27] Por ejemplo, un hombre comparte la humanidad igualmente con su padre, humanidad plena. Ambos son de la misma naturaleza. No son de la misma sustancia o ser. El argumento durante los primeros siglos de la era cristiana no giraba en torno a la cuestión de si el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre, pues se aceptaba su divinidad. La disputa, que continuó durante siglos, a menudo con gran amargura, era si él era de la misma sustancia o ser (griego homoousios) que el Padre, o de una sustancia o ser similar (griego homoiousios).—Vea The International Standard Bible Enciclopedia, Tomo IV, páginas 918, 919; The Rise of Christianity, W H. C. Frend, páginas 538-541; Jesus Through the Centuries, Jaroslav Pelikan, páginas 52, 53, 62, 63.

[28] Otras religiones no-trinitarias son los Unitarios, los Cristadelfianos, la Iglesia de Dios (Fe Abrahámica), y otros grupos de menor tamaño.

[29] Obras de referencia presentan la doctrina como algo construido básicamente sobre el Credo Atanasiano y que implica el uso y el entendimiento de términos tales como “esencia”, “sustancia”, “naturaleza”, “hipóstasis”, “persona” (de los cuales el único que en realidad aparece en las Escrituras es “naturaleza”). La Reforma Protestante en conjunto retuvo la doctrina tal como la enseñaba la Iglesia Católica, pero ha habido algunas diferencias según las diferentes confesiones. Éstas giran ampliamente en torno a la “encarnación” de Jesús y a explicaciones discrepantes sobre cómo pudo poseer simultáneamente naturaleza humana y divina (lo que se llama “unión hipostática”).

[30] The International Standard Bible Encyclopedia, 1988, Wm B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, Tomo IV, página 914.

[31] Otras obras eruditas sobre el tema emplean expresiones similares a “materiales de construcción” tales como las “semillas” o “germen (en el sentido de germinación)” de la doctrina, o las “líneas” básicas de la doctrina. Todas estas expresiones ponen en evidencia que, según la opinión de los que las utilizan, fue necesaria la interpretación para convertir las “semillas” o el “germen” o el “material de construcción” o las “líneas” en una doctrina explícita.

[32] Tanto antes como después de la cita referida, Brünner se refiere repetidas veces a la doctrina como una “reflexión teológica”, una creación de la Iglesia, no una “kerygma (proclamación)” bíblica. Aunque expresa la creencia de que la “reflexión” siguió “líneas” bíblicas, afirma repetidamente que la “especulación” jugó un papel importante en la formación de la doctrina.—The Christian Doctrine of God, páginas 206, 217, 222, 226, 227, 236, 237, 239.

[33] Hemos visto que “ortodoxo” tiene el significado básico de “enseñanza correcta” pero que ha llegado a aplicarse a la enseñanza que tiene la aprobación de la autoridad eclesiástica. Análogamente, “dogma” en griego tiene el significado básico de “lo que parece ser correcto”, pero ha llegado a aplicarse al principio o conjunto de principios aprobados por la autoridad religiosa. “Dogmatismo” se aplica a la aseveración categórica de una opinión, especialmente cuando es arrogante y sin fundamento. La enseñanza que se enseña claramente en las Escrituras avala nuestra aceptación como enseñanza correcta, como doctrina verdadera, algo que podemos afirmar y a lo que podemos apegarnos con confianza. Sin embargo, cuando ese fundamento es dudoso, la insistencia en la enseñanza es dogmatismo.

[34] Brünner, de hecho, expresa la opinión de que esa duda tiene una causa lógica. Él dice: “Los términos empleados en el Credo Atanasiano, e incorporados desde esta fuente a la doctrina tradicional de la Trinidad enseñada por la Iglesia, ‘una substantia, tres personae’, nos deben sonar extraños desde el principio. ¿Qué lugar hay para la idea de ‘substantia’ en la teología cristiana? De hecho, representa esa aberración intelectual que sustituye el pensamiento especulativo e impersonal por la línea de pensamiento controlado por la revelación.” (Página 227). Brünner añade: “Incluso la idea de ‘Tres Personas’ debe considerarse con recelo. Es ciertamente imposible entenderla de otro modo que en un sentido tri-teistico, sin importar cuánto queramos evitar esta interpretación.” Luego deja claro que mientras que es sencillo decir que “cada una de las Tres Personas es Dios y no obstante no son Tres Dioses, sino Uno”, no es posible pensar en esos términos, y los esfuerzos por hacer eso en realidad llevan a pensar en tres Dioses. Más tarde, hablando de “la piedra de tropiezo para el pensamiento” que puede representar la doctrina, él afirma: “Es, por lo tanto, inteligible que sean precisamente esos teólogos cuyo pensamiento está controlado enteramente por el pensamiento de la Biblia, quienes han tenido poca simpatía con la doctrina de la Trinidad. Pienso en la entera escuela de teólogos ‘bíblicos’.” (Página 238).

[35] Hechos 20:32, Versión Reina-Valera.

[36] Mateo 7:7-11.

[37] Lucas 10:21, Versión Reina-Valera, Biblia de Jerusalén

[38] 1 Corintios 1:26-31, Biblia de Jerusalén.