Epílogo
Lo que
se ha escrito presenta información que, según creo, contiene suficiente evidencia fáctica como para que sea digno
de seria consideración. De modo similar, creo que los principios esenciales que se han expuesto tienen base apropiada en
las Escrituras. El efecto que pueda tener la información en los que la lean, o
lo que éstos hagan después, es algo que es, y debe ser, exclusivamente su
propia decisión.
Lo que
he escrito son esencialmente mis propios pensamientos, basados en la evidencia
presentada y en el efecto que ha tenido en mi propia vida. Lo hago sin
proponerlo como un modelo de lo que piense que otros deban seguir. Creo que es
apropiado afirmar que la misma apertura
de las Escrituras en ciertas áreas debería hacer que se fuese cauteloso en este
aspecto. El hecho de que Cristo, el cabeza de la casa cristiana—cuyo espíritu
junto con el de Dios guió a los apóstoles y discípulos al escribir las
Escrituras Cristianas—considerase apropiado dejar tanto sin decir sobre ciertos
aspectos importantes (por lo menos lo que a nosotros nos parece importante) es
digno de notar. Esto incluye la frecuencia, la forma y la manera de celebrar
las reuniones cristianas, incluso su contenido. Como se ha mostrado
anteriormente, las declaraciones que se encuentran en el capítulo catorce de la
Primera Carta a los Corintios, son prácticamente nuestra fuente más extendida
de lo que los cristianos hicieron en esas ocasiones, y lo que tenemos ahí es
sorprendentemente breve y falto de detalles. De modo similar, aunque las cartas
apostólicas revelan que algunos hombres servían a sus compañeros de la
comunidad cristiana en varias capacidades y de diferentes modos, como mucho
tenemos solamente una descripción muy general de los servicios que rendían—nada
que pueda considerarse siquiera como una lista básica de deberes específicos.
En
resumen, si buscamos en las Escrituras cristianas algún manual organizacional
explícito, buscaremos en vano. A la vista de esto, estoy convencido de que es
presuntuoso por parte de cualquiera de nosotros, sin importar quién seamos,
hablar donde Dios no ha hablado, para definir y ordenar lo que el cabeza de la
casa, Cristo, no ha definido ni ordenado, y esperar
que otros se sientan bajo alguna obligación como resultado de nuestra
acción. Se nos urge a hacer las cosas en paz y buen orden, y eso se puede
conseguir de común acuerdo entre los que se reúnen, sin la necesidad de que se
imponga una figura de autoridad. En todos los aspectos de la vida, la libertad
constituye una prueba para los que participan de ella, una prueba de su
altruismo y de su devoción a los principios e ideales correctos. Es sólo el
fracaso en la manifestación de estas cualidades, lo que hace que el control
autoritario parezca algo deseable como remedio. El autoritarismo y el control
por medio de reglas pueden establecer el orden pero también ocultan y
enmascaran la realidad de lo que la gente es genuinamente. La libertad permite
que lleguen a ser manifiestas sus verdaderas cualidades y actitudes.[1]
Finalmente,
en el mismo asunto de la asociación debemos reconocer que, aunque es notable la
simplicidad de los principios bíblicos, el cuadro resultante se ha complicado.
Las Escrituras predijeron la adulteración de la comunidad cristiana. Sin
embargo, no establecieron una fórmula precisa diciéndonos cómo podemos
identificar hoy alguna confesión particular como LA única asociación religiosa
verdadera, con la cual alinearnos. Al contrario, Cristo Jesús mismo nos aseguró
que la separación de la mezcla entre cristianos genuinos y falsos en el campo
del mundo de trigo y mala hierba, y la clasificación en categorías claramente
definidas, es algo que está más allá de la habilidad humana.[2] Estoy convencido de que esta
mezcla prevalece en todas las confesiones (la de los Testigos de Jehová no es
una excepción) estando la mala hierba, con toda probabilidad, a menudo más
extendida que el trigo. La separación e identificación clara de éstos llega a
ser manifiesta solamente en el día de juicio de Dios.
Para
los que han sido movidos por su conciencia a separarse de un sistema religioso,
una solución obvia a su carencia de asociación pudiera parecer que es
simplemente unirse a otra religión. Existen cientos de confesiones para elegir,
teniendo todas ellas una medida de verdad y una medida de error, aunque la
proporción entre lo uno y lo otro puede variar. Yo personalmente no he sentido
inclinación alguna para alinearme con ninguna. No es que esté buscando alguna
afiliación que esté libre del error. Estoy convencido de que esto no existe.
Estoy bastante seguro de que yo mismo no estoy libre de todo el error, y de que
nadie lo está tampoco.
El
hecho de que existen serios errores en la religión de los Testigos de Jehová no
hace de repente que sea todo correcto en otras religiones. Ellas también tienen
serios problemas que a veces reconocen cándidamente. Estoy convencido de que
muchas organizaciones religiosas son menos autoritarias que la que yo abandoné,
de que muchas permiten una cierta medida de libertad de expresión. Hoy existe,
en algunos aspectos, mayor libertad para expresar diferencias en la Iglesia
Católica que la que existe en algunas de las religiones más pequeñas, incluida
la de los Testigos de Jehová.[3] Este factor de dominación
autoritaria reducida parece que supone un grado de ventaja. Sin embargo, sé que
el ser miembro de cualquiera de las confesiones conlleva la expectativa, de por
lo menos aceptar y apoyar las enseñanzas particulares que distinguen a esa
confesión particular de las demás. Aunque los miembros de la confesión pueden
quitarle importancia a la seriedad de las diferencias que los separan de los
demás—particularmente cuando animan a la gente a unirse a ellos—los fundadores
de la confesión obviamente consideraron esas enseñanzas distintivas
suficientemente serias e importantes como para moverlos a separarse de la
afiliación previa de la que formaban parte. Y los líderes actuales deben
considerarlas por lo menos suficientemente serias como para impedir una
reunificación con esa afiliación previa, o una unificación con alguna otra.
Revisando
la situación mundial, el anterior teólogo católico romano Charles Davis hizo
este comentario:
Los cristianos necesitan
urgentemente una expresión social adecuada y apropiada para su fe. Pienso en
los innumerables cristianos independientes que existen hoy día. Gente que en su
perspectiva esencial son cristianos, que quizás han profesado la fe cristiana
en el pasado, pero que simplemente no pueden ver o no han sido capaces de
resistir la vida en las Iglesias actuales. No habiendo tenido ante ellos ninguna
manera alternativa de ser cristianos, se han desviado de la fe cristiana. La fe
de muchas de esas personas podría llevarse a la madurez si se les pudiera
mostrar cómo vivir y estructurar socialmente la fe cristiana sin encarcelarse
dentro de las estructuras obsoletas de las confesiones existentes. . . .
El
continuar jugando el juego institucional actual dentro y a través de las
estructuras confesionales actuales es impedir el alcanzar la completa
visibilidad de una presencia cristiana
en el mundo radicalmente diferente y mejor. Y se tendrá que ver un
número creciente de personas que cesan de profesar la de cristiana porque la
identifican con las Iglesias actuales. No reconocen que a menudo es la fe
cristiana la que los conduce a rechazar estructuras institucionales que son
hostiles al auto-entendimiento y a la libertad del hombre, y a la verdad y al
amor cristianos.[4]
Davis
reconoció que la mayoría de los que profesan el cristianismo hoy se encuentran
obviamente en los sistemas confesionales, y que muchos están trabajando
sinceramente dentro de sus estructuras. Al mismo tiempo, explicó porque creía
personalmente que, no obstante, es aconsejable un la “desafiliación”, diciendo:
Se
requiere la desafiliación, porque se debe reconocer que las estructuras sociales
existentes de la Iglesias son inadecuadas y obsoletas. En tanto en cuanto
puedan hacerse útiles, deben ser consideradas como limitadas en función,
relativas en valor y esencialmente cambiables. El cristiano debería abrazar su
situación abierta y rehusar ser incluido en cualquier organización total. La
obediencia al Evangelio y a la comunidad cristiana como un todo exigirá
frecuentemente oposición a las alegaciones, prescripciones y actitudes
oficiales de las instituciones existentes de la Iglesia. Esto no es una
invitación a la licencia individual. El individuo cristiano intentará fundar su
pensamiento sobre la tradición cristiana como un todo y se comunicará con otros
cristianos. Pero la conformidad completa a la línea oficial de su Iglesia es
irresponsabilidad suya como cristiano.[5]
Yo no
pretendo ser capaz de responder a peticiones ofreciendo algo que sea
“atractivo” en el sentido de lo que a uno le podría gustar en la manera de
afiliación y asociación. Creo que cada uno de nosotros necesitamos meditar en
el cuadro que dibuja el escritor de Hebreos en la parte final de su carta.
Primero describe como, después de que su sangre se ofreció en sacrificio, los
cuerpos de los animales de sacrificio se llevaban fuera del campamento de
Israel para ser quemados, y entonces dice:
Por lo
cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre,
padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento,
llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que
buscamos la por venir.[6]
¿Qué
significa para nosotros salir “a él, fuera del campamento?” “Fuera del
campamento” se usa aquí como equivalente a “fuera de la ciudad”. La primera
mención de una ciudad en las Escrituras es con relación a Caín y reveló la
falta de confianza en la declaración de Dios de que la vida de Caín no sería
tomada por otro humano. La ciudad, por lo tanto, llega a ser representativa de
la búsqueda de seguridad por medios propios.[7] Ese mismo espíritu pronto
afloró en el período posterior al diluvio, y la urgencia por construir una
ciudad sintetizó el deseo de seguridad por medios humanos, junto con el deseo
de poder y prominencia que ofrecía la ciudad.[8] El punto de vista opuesto se presenta como evidencia de la
fe de hombres como Abraham, Isaac y Jacob, que no buscaron la protección de las
ciudades, sino que vivieron en tiendas porque esperaban “la ciudad que tiene fundamentos
verdaderos, cuyo edificador y hacedor es Dios”.[9] Todo esto da un significado más
profundo a las palabras del escritor cristiano de que “no tenemos aquí una ciudad que
continúe, sino que buscamos solícitamente la que ha de venir”, una ciudad
descrita en otra parte como celestial, la “Jerusalén de arriba” la “ciudad del
Dios vivo”.[10]
Aunque
el mundo en conjunto, no meramente sus grandes ciudades, es símbolo de la
búsqueda humana de seguridad, poder y prominencia, el contexto de las palabras
de Hebreos parece que centra su atención en un área más específica, la
religiosa. Jesús fue muerto “fuera de la puerta de la ciudad” y la ciudad era
Jerusalén, en aquel tiempo el centro de adoración de Dios, una adoración que,
bajo el viejo pacto, podía llamarse una “adoración organizada”. Hoy la
adoración de los siervos de Dios no está, o por lo menos no debería estar, centrada en ninguna
ciudad de este mundo. Muchos pueden alegar justamente que no buscan en ninguna
ciudad literal un sentido religioso de seguridad, ni buscan en ella la fuente
de poder y prominencia. Pero como no “vamos a él [Cristo]" saliendo por
una puerta literal o de un campamento
literal, la prueba no tiene que ver
con que mostremos voluntad para buscar seguridad en otra parte que no sea una
ciudad literal. Muchos de aquéllos a
quienes se dirigió la carta de Hebreos no vivían en Jerusalén, y a nosotros,
igual que a ellos, se nos llama a salir de un campamento figurativo. Hoy
encontramos que se ha desarrollado un gran “establishment” religioso, compuesto
por muchas confesiones. En sí mismas, estas confesiones forman muchos
“campamentos” individuales, y juntamente forman un “campamento” muy grande, que
constituye un “establishment” corporativo religioso a modo de ciudad. Esto se
ve por el hecho de que generalmente se consigue reconocimiento como parte de
ese “establishment” siendo miembro de una de las confesiones que lo componen.
No ser parte del “campamento”, en uno o más de sus sectores, a menudo significa
ser considerado como un extraño, sin importar cuán fuerte sea la fe de uno, o
cuán grande sea su devoción a Dios, o cuán intensamente se esfuerce por
alcanzar la unidad con su Hijo.
A
escala menor, más individual, los nuevos movimientos religiosos a menudo
comienzan teniendo una naturaleza más parecida a una tienda de campaña. La
mayoría, sin embargo, derivan pronto hacia una organización como de ciudad, que
les ofrece el sentido y la apariencia de seguridad, que tiene envergadura y,
con ella, poder y—debido a esos factores—bastante influencia. Esto permite que
los que se asocian con ella compartan un sentimiento de importancia y de poder
corporativo, así como un sentido de estar establecidos más cómodamente. Las
ciudades literales, aparte de ofrecer seguridad aparente y capacidad para
satisfacer la preocupación por el poder y la prominencia, tenían sus males,
incluyendo “la reducción de los individuos a miembros de la muchedumbre”.[11] El mismo efecto se puede ver en
las “ciudades” figurativas en el campo religioso. Éstas proveen los medios para
que una minoría obtenga prominencia, pero cuanto mayores llegan a ser, más se
ve reducido el individuo a ser un mero apoyador (un segmento de la base del
poder). La comunicación íntima se vuelve menos frecuente, menos factible, con
el resultado de que las relaciones se vuelven, no más fuertes, sino más
débiles. Sin embargo, la tendencia natural humana es apartarse de las
“tiendas”, con su pequeñez aparente y su carencia de evidencia externa de
fuerza y perduración, y acercarse a la “ciudad” o “campamento” y todo lo que
parece ofrecer. Ciertamente, el orgullo inclinaría a considerar las “tiendas”
irritantes, insatisfactorias. El orgullo maniobraría en la dirección de la
“ciudad”.
Para
los hebreos a quienes se dirigió esa exhortación, el cristianismo significó la
voluntad de “salir fuera del campamento”, al precio de perder asociaciones
anteriores y de ser etiquetados de proscritos, no autorizados a ciertos
privilegios que tenían los que estaban “en el campamento”. Pero el soportar
esta dificultad y el creer que el aislamiento no los separaría de Cristo, los
llevaría más cerca de Cristo. Como
Abraham y otros, ellos podían mostrar que no tenían ninguna “ciudad que
continúe“, sino que buscaban una ciudad con fundamentos eternos. La distancia
hasta el “campamento” nunca debe producir un sentido de distancia hasta Dios,
sino que más bien puede producir un sentido elevado de proximidad. Debido a
esto, después de su llamamiento a seguir a Cristo “fuera del campamento”, el
escritor a los hebreos habla inmediatamente de dar “a Dios sacrificio de
alabanza”.[12]
Creo que el aceptar la vida “fuera del
campamento” es una de las cosas más difíciles de afrontar para las personas,
quizás no menos difícil que para los hebreos de entonces. Mis comentarios a
este respecto no se deben a alguna simple aversión al aspecto como de “ciudad”
en el sentido de grandes organizaciones religiosas organizadas, sino porque
creo sinceramente que se pierden cosas muy valiosas cuando regresamos al
“campamento”, o tomamos “residencia” en alguna de esas “ciudades”—básicamente
cosas como la sencillez de la hermandad, el espíritu familiar, el interés en lo
espiritual más bien que en lo tangible, lo sensual, lo físicamente
impresionante. Creo que es razonable pensar que la humildad se puede cultivar
mejor en el entorno de las tiendas que en el de la ciudad. Vivir “fuera del
campamento” puede significar una falta de reconocimiento y puede producir junto
con ella el sentimiento de estar “en el aire”, más bien que estar cómodamente
instalado, pero creo que trae beneficios espirituales y eternos que hacen más
que compensar y que pueden llenar el corazón.[13]
Lo que
se ha dicho, tanto en este capítulo como a través de este libro, no es una
apología del aislacionismo eremítico. Todos tenemos la necesidad de estar
unidos a los demás. Tenemos una percepción interna de ello. Sin embargo,
esencialmente la cuestión es si el asociarse con otros resultará en una relación
que permita el ejercicio de la conciencia personal y el derecho de actuar como
un individuo responsable, o si, en cambio, exigirá hipotecar estos derechos en
una unión que en última instancia roba la libertad y la integridad personal.
En mi
propio caso, no tengo ningún deseo de formar parte de ninguna confesión. Esto
no es consecuencia de una renuencia a fraternizar con la gente, o de un interés
exagerado por la independencia; tampoco es debido a un sentido complaciente de
autosuficiencia, o a una aversión farisaica de arriesgarme a ser “contaminado”
por la asociación con aquéllos entre cuyas creencias existen algunas que yo
considero equivocadas. En general, creo que soy quizás menos proclive a juzgar
a los miembros de las diferentes confesiones, de lo que a menudo ellos son con
respecto a confesiones que no son la suya.[14] Mi sentimiento de apertura no
es hacia los sistemas a los que se
adhiere la gente, sino hacia ellos como personas.
El que
yo permanezca libre de ataduras confesionales, pues, no es indicativo de una
perspectiva puramente negativa o pesimista, sino que es debido en primera
instancia a factores positivos. Es porque creo que puedo prestar un mayor servicio, un mejor servicio a Dios, a Cristo y a mis semejantes, si no me ato a
ningún sistema, sea una sencilla confesión o un “establishment” religioso
multi-confesional en conjunto. Honestamente considero que eso, más que un
adelanto es un estorbo. No me convencen los argumentos de que se puede hacer
más siendo parte de un sistema que separado del mismo. El registro bíblico
muestra que los profetas operaban esencialmente fuera del “sistema”, como Juan
el Bautista y el propio Cristo. Y no creo que entre los cristianos de tiempos
apostólicos hubiera algo parecido a los “establishment” o sistemas religiosos
actuales. El poder de Dios y de su Hijo seguro que supera cualquier poder derivado que uno pudiese obtener por
medio de la pertenencia a una organización, incluso aunque la organización
fuese, como lo son algunas organizaciones religiosas, de tamaño descomunal.
Creo que ese tipo de poder es enormemente ilusorio, ya que lleva consigo sus
propias condiciones limitadoras y restrictivas en forma de requisitos para la
pertenencia, condiciones previas que debilitan al individuo como persona, más bien que fortalecerlo.
Y yo creo que es lo que somos como
personas lo que en última instancia tendrá el mayor significado en nuestros
esfuerzos para ser de provecho a otros.
En mi
situación actual aprecio sentirme completamente libre para expresar interés en
todas y cada una de las personas, sean de alguna confesión o de ninguna, sin
estar predispuesto a favor de algunas frente a las demás—y sin que sientan que
estoy intentado promover los intereses de alguna confesión. No hay duda de que
la mayor parte de mis contactos es con personas que estaban o todavía están
afiliados con los Testigos de Jehová. No obstante, esto no es debido a un menor
interés en otras personas. Es simplemente el modo natural en que se han
desarrollado las cosas. Es desde donde han llegado la mayoría de los mensajes,
al igual que la mayor parte de las declaraciones de necesidad. Reconozco, por
supuesto, que quizás puedo prestar un mayor servicio a personas que son o que
han sido Testigos, ya que mis antecedentes me permiten entender sus circunstancias
y puntos de vista más claramente de lo que podría en el caso de los que tienen
antecedentes diferentes. No obstante, mi esposa y yo hemos invitado a comer en
casa a varias parejas de entre nuestros vecinos, personas con antecedentes
confesionales diferentes, con el fin de conocernos mejor. Y en todas las
ocasiones nuestras conversaciones incluyeron asuntos espirituales, no porque planeásemos introducirlos, sino por el
interés normal de nuestros vecinos. Un hombre católico romano de Italia nos ha
visitado y ha comido con nosotros unas cuantas veces, y siempre he encontrado
sus visitas refrescantes, debido a su clara preocupación por las personas y a
su interés personal en las Escrituras. Estoy a disposición de todas estas
personas, y creo que cualquiera de ellos, si tuviesen la necesidad, se sentiría
libre de llamarme para cualquier tipo de ayuda que pudiese darles en sentido
espiritual, así como en otros aspectos de la vida. Espero aumentar y ensanchar
estos contactos en los próximos años.[15]
Creo
que la práctica del primer siglo de reunirse en los hogares para asociación
cristiana es tan practicable hoy como lo era entonces. No creo que se requiera
la presencia de alguna persona notablemente sapiente, o de alguna persona de
tipo “carismático”, para conseguir lo bueno. Nosotros no tenemos el privilegio
de tener al Hijo de Dios entre nosotros, como las personas del primer siglo.
Pero sí tenemos las palabras del Hijo de Dios, el registro de su vida, y las
palabras de los apóstoles. El simplemente leer juntos las Escrituras y el
discutir lo que pueden significar para nosotros, puede ser una fuente de ánimo
y de fortaleza. Por lo menos hemos visto que esto es así en nuestro propio
caso.
Obviamente
no existe regla alguna que limite las reuniones a grupos relativamente
pequeños.[16] Ni tampoco hay ningún mandato
de reunirse sólo en hogares. Mi preferencia por estas condiciones se basa, no
en alguna creencia de que estamos obligados a hacer las cosas precisamente tal
y como se hacían en el primer siglo, sino en los beneficios que veo en estos encuentros relativamente pequeños en
los hogares. Parece que el factor decisivo debería ser si el arreglo contribuye
o no al sentimiento de relación familiar, la simplicidad que permite fijar
nuestra atención en lo que es espiritual, el sentimiento de que la reunión
es—no algo que está en algún compartimento distinto, separado—sino simplemente
una más de las muchas hebras de la actividad, que tejidas juntas forman el
tejido de una vida de servicio a Dios, una expresión natural de interés amoroso
en los demás. Personalmente creo que esos factores se enaltecen con las
reuniones en los hogares, y que a menudo quedan enmascarados en los llamados
“servicios religiosos”.
A veces surge la cuestión del bautismo. Puede
haber una inclinación a pensar en el bautismo en el contexto de la afiliación
con alguna comunidad religiosa, como un acontecimiento patrocinado, o incluso autentificado por alguna de esas
comunidades. Al contrario, sería difícil imaginarse una acto más personal que el bautismo. El relato del
eunuco etíope y su bautismo espontáneo al lado de un camino cuando estaba de
viaje ilustra esto hermosamente.[17] El acto no tiene nada que ver
con el llegar a ser miembro de algún sistema religioso, sino que simboliza la
confesión hecha pública de la fe en el Hijo de Dios y “la solicitud hecha a
Dios para una buena conciencia, mediante la resurrección de Jesucristo”.[18] En las Escrituras no se
presenta a los bautismos como ocasiones programadas, ni siquiera el bautismo de
miles de personas en Pentecostés. No eran parte preparada de antemano de un
programa de “asamblea”. Se llevaban a cabo espontáneamente cuando surgía la
ocasión, y quienquiera que estuviera presente realizaba el bautismo.[19] No existe, pues razón alguna
para que uno espere circunstancias especiales o una ocasión especial para
bautizarse. Un hombre podría bautizar a miembros de su misma casa.
También está la cuestión de volver a
bautizarse. Ciertamente, el separarse de un sistema religioso por sí mismo no
requiere eso, como si la validez del bautismo—o la falta de ella—dependiese de
la pertenencia a una organización. Puesto que el acto es evidentemente tan
personal, el factor determinante es el significado que tuvo para uno el
bautismo en ese momento, lo que estaba en su mente y corazón. Para mí significó
el ofrecerme a mí mismo a Dios a través de Cristo sobre la base de su sangre
derramada; ese pensamiento era preeminente en mi mente y llenó mi corazón en el
mismo momento de ser bautizado. Para mí nunca hubo la menor duda de que Cristo
era mi Señor y Amo. Cierto, yo estaba en una organización religiosa particular
y la apoyé durante décadas. Pero hice eso porque creía que esa organización
estaba sirviendo genuinamente a Dios y a Cristo, que era sumisamente obediente
a ellos. Cuando, con el tiempo, surgió el asunto que hizo evidente que me
enfrentaba a una clara elección, no sentí ninguna incertidumbre respecto a qué
decisión tomar, incluso aunque significó terminar con un aspecto de una
herencia religiosa que se extendía por tres generaciones. No puso fin a otro
aspecto, el más importante—pues mis padres Testigos nunca me habían inculcado
la creencia de que en primer lugar estaba una organización, sino que Dios
estaba siempre primero. Me doy cuenta de que éste quizá no haya sido el caso de
otras personas. Ellas son obviamente libres de tomar sus propias decisiones
sobre la autenticidad de su motivación en el momento de su bautismo.
Algunas personas hablan de que han “llegado a
ser cristianos” y “aceptado a Cristo” después de abandonar a los Testigos de
Jehová. Eso quizá sea cierto en su caso. En mi propio caso, fue precisamente
por ser un cristiano y por haber aceptado a Cristo como mi Cabeza y
Amo elegido por Dios, por lo que tomé el derrotero que tomé. Mi separación de
la organización Watch Tower no originó que
yo aceptara a Cristo, sino que se originó
de haberlo aceptado muchas décadas antes.
¿Son, pues, cristianos los Testigos de
Jehová? Los que plantean esta pregunta generalmente quieren decir: ¿Son
cristianos “verdaderos”? A menudo, los que preguntan tienen su propia
definición de lo que constituye esa “veracidad”, definición que está
influenciada por el credo que ellos adoptan en ese momento. Mi respuesta sería
que creo que entre los Testigos de Jehová hay más o menos la misma proporción
de cristianos verdaderos que en cualquier otra iglesia. Sé, por mis sesenta y
tantos años de relación con ellos, incluyendo la asociación íntima con los
hombres que están en la dirección, que muchos están motivados de corazón en
promover la adoración de Dios. Hacen lo que hacen porque creen, correcta o
incorrectamente, que sus esfuerzos promoverán esa adoración. Creo que en sus
enseñanzas y prácticas la organización
misma manifiesta serias desviaciones del cristianismo. Estos factores
constituyen impedimentos definitivos que dificultan una apreciación más plena,
más rica de las enseñanzas de la Palabra de Dios. Oscurecen, a un grado
apreciable, la relación que debemos tener con Dios y su Hijo, e impiden que las
personas hagan una expresión plena de los frutos del Espíritu de Dios y del
amor que está en sus corazones. Pero creo que en los demás sistemas
confesionales también existen impedimentos, aunque quizás tomen formas
distintas. Y no creo que esos impedimentos por sí mismos puedan apartar a nadie
de tener un corazón devoto a Dios y a Cristo, si uno no lo permite.[20] Con el tiempo, los aspectos no
cristianos de una organización pueden hacer que las personas se enfrenten a una
elección que demuestre dónde está su lealtad, dónde está su fe en realidad. La
autenticidad de su cristianismo será entonces evidente. Por un lado, pudiera
parecer ventajoso el que reconociesen la realidad de las cosas sin necesidad de
que ésta les produjera una situación de crisis. Y, sin embargo, el que su
compromiso pase por una prueba completa, el que de hecho “sedé un paso al
frente” con él, antes de anular ese compromiso como fútil, también puede tener
un efecto enriquecedor de su madurez. El haberse esforzado por trabajar dentro
de un sistema, haciendo todo lo posible en un esfuerzo por traer mejoras o por
influir para corregir las equivocaciones, más bien que simplemente abandonar el
sistema a la primera señal de error o equivocación, puede ser una experiencia
valiosa. De otro modo uno se podría preguntar si la decisión de separarse fue
realmente la apropiada. Yo tomé ese derrotero y desde entonces no he tenido
duda alguna sobre la rectitud de la decisión que tomé.
Tal como podemos resolver
rápidamente el problema de la asociación al unirnos a alguna confesión, podemos
resolver rápidamente el problema de en qué creer, al adoptar lo que se llama
“ortodoxia”. El término en sí es excelente, pues se deriva de las palabras
griegas ortho y doxa que significan simplemente “enseñanza correcta”. En la
realidad ha llegado a significar un conjunto de creencias que han sido
definidas y establecidas como resultado de los varios concilios celebrados en
los primeros siglos. Algunas de estas creencias son simplemente reformulaciones
de las Escrituras, y obviamente son “enseñanza correcta”. Otras son el
resultado de interpretación, argumentación y debate, y han sido declarados
“ortodoxia” por hombres con autoridad. Como lo indica una fuente, “el
cristianismo ortodoxo es algo puramente descriptivo—y se refiere simplemente a
la opinión mayoritaria”.[21] La “opinión mayoritaria” fue
consecuencia del voto de hombres que constituían lo que se puede llamar
apropiadamente “cuerpos gobernantes” del pasado.[22] Mi propia experiencia íntima
con un cuerpo gobernante religioso me suministra poco fundamento para creer que
el voto mayoritario de los líderes religiosos que formaron un cuerpo gobernante
del pasado aporte fuerza genuina para la aceptación de una creencia. En mi vida
religiosa anterior vi que las personas creían demasiado a menudo porque “la
organización” lo había dicho. No veo ningún progreso o mejora en creer ahora
porque la “ortodoxia” lo diga, a través del mismo medio de autoridad religiosa.
Muchos de los que hoy son “ortodoxos” han llegado a serlo a través del mismo
proceso de adoctrinamiento e intimidación intelectual, y con la misma falta de
pensamiento independiente y análisis crítico de la argumentación que
caracteriza a tantos dentro de la organización Watch Tower. El mero hecho de
que una creencia se haya mantenido por largo tiempo—o que haya conseguido
aceptación en el pasado—puede hacer que sea tradicional
pero no la hace por sí misma correcta.[23]
De modo parecido, no veo ningún progreso ni
mejora cuando las personas dan un giro de 180 grados en sus creencias, pero
retienen el mismo dogmatismo y auto-rectitud que los caracterizaba antes del
cambio de creencias. Debemos adorar a Dios “en espíritu y en verdad”, y el espíritu que manifestamos es el
ejemplificado por el Hijo de Dios, un espíritu tan opuesto al que expresaron
los fariseos controlados por las tradiciones.[24] He llegado a darme cuenta de
que una parte considerable de lo que creía anteriormente no tiene fundamento
sólido en las Escrituras. No pretendo haber resuelto todas las preguntas
bíblicas, ni haber llegado a un conjunto de conclusiones sobre todas las
enseñanzas, en el tiempo que siguió. Pero respecto a aquellas enseñanzas en las
que tengo una firme convicción, creo que puedo decir honestamente que esto es
sobre la base de lo que dice la Palabra de Dios y no una mera proyección de mi
anterior religión. El hecho de que una creencia se aprendiese en esa religión
no tiene el efecto de recomendármela. En realidad, la desilusión con un sistema
religioso puede producir fácilmente una tendencia a considerar ahora negativamente y como sospechoso cualquier entendimiento particular de
las Escrituras simplemente porque
corresponde a una creencia mantenida anteriormente en un sistema religioso
ahora rechazado. Sin embargo, no veo razón alguna para negar algo simplemente porque se encuentre en enseñanzas dentro de
esa religión. Mi anterior religión me inculcó sin lugar a dudas el respeto
básico por las Escrituras, una creencia en la importancia dominante de la
adoración y de la obediencia a Dios, de la esperanza de la vida vinculada al
sacrificio en rescate de Cristo y su resurrección, de la autoridad soberana
expresada a través de su Reino. No quisiera descartar estas enseñanzas. Es
cierto que, al mismo tiempo, sus otras enseñanzas socavaron y viciaron la
fuerza de tanto de esto, no obstante, no al grado de robarles todo su poder a
las verdades esenciales, como se puede ver por el hecho de estas mismas
verdades, y la convicción de su exactitud, llevaron a mi eventual
desasociación. Reconozco que pudiera haber aprendido esas mismas verdades
básicas en muchas otras religiones cristianas. Sucede que las aprendí donde las
aprendí, en la religión de mis padres, la religión en la que crecí.
Creo que muchas personas confunden ciertos
puntos de vista como que son únicos entre los Testigos de Jehová, o entre lo
que esas personas llaman “sectas”, un término que, como se ha observado, se
aplica con demasiada frecuencia a cualquier religión con la cual se está en
desacuerdo. Al tachar ciertas creencias o puntos de vista como “sectarios”,
quienes lo hacen dejan de reconocer que, aunque difieren (a veces
considerablemente) en el detalle, se puede encontrar un punto de vista básico
similar en los escritos de muchos teólogos respetados—incluso de teólogos
aceptados como merecedores de la designación de “ortodoxos”.
Como ejemplo, el punto de vista común entre
muchos sobre el alma humana lo describe S. C. Guthrie, profesor en el Columbia
Theological Seminary (una institución presbiteriana), de este modo:
De
acuerdo con esta doctrina sólo mi cuerpo puede morir, pero yo mismo no muero
realmente. Mi cuerpo sólo es el caparazón de mi yo verdadero. No soy yo; es
sólo la prisión física-terrenal en la cual está atrapado el verdadero “yo”. Mi
verdadero ser es mi alma, la cual, porque es espiritual y no física, es como
Dios y por lo tanto comparte la inmortalidad de Dios (imposibilidad de morir).
Lo que ocurre en la muerte, pues, es que mi alma inmortal escapa de mi cuerpo
mortal. Mi cuerpo muere, pero yo mismo continúo viviendo, y regreso a la región
espiritual de la cual vine y a la cual pertenezco realmente.
Habiendo dicho esto, este respetado teólogo
pasa a afirmar:
Si nos
atenemos a la esperanza genuinamente bíblica para el futuro, tenemos que
rechazar firmemente esta doctrina de la inmortalidad del alma por varias
razones.
Entonces procede a detallar esas razones de
las Escrituras. Antes de hacerlo, sin embargo, discute el origen de la creencia
que describió primero, afirmando:
Esta
doctrina [de la inmortalidad inherente del alma] no fue enseñada por los
propios escritores bíblicos, pero era común en las religiones griegas y
orientales del mundo antiguo en el cual nació la iglesia cristiana. Algunos de
los primeros teólogos cristianos fueron influidos por ella, leyeron la Biblia a
la luz de ella y la introdujeron en el pensamiento de la iglesia. Siempre ha
estado con nosotros desde entonces, influyendo incluso a las confesiones
reformadas (vea la Westminster Confession, XXXII; la Belgic Confession, Art
XXXVI).[25]
No presento esto aquí como algo conclusivo ni
como una opinión que todos debieran aceptar. Para determinar si este punto de
vista es convincente, uno debería leer y sopesar la validez de sus razones
bíblicas, que yo no he incluido en la cita. Aunque se pueden encontrar
numerosos eruditos que expresan el mismo punto de vista que este teólogo
particular, el número de ellos y su reputación no son decisivos; se pueden
encontrar similarmente teólogos de reputación que argumentan a favor de un
punto de vista diferente, opuesto. Mi propósito aquí no es argumentar sobre la
validez de la idea expresada, sino solamente mostrar que, aunque pueda existir
la inclinación de rechazarla de antemano como el producto de una “idea
sectaria”, existen de hecho eruditos reputados que expresan ese punto de vista.
Ocurre algo parecido con la relación entre el
Padre y el Hijo tal como se revela en las Escrituras. No hay ninguna duda de
que se atribuye la deidad al Hijo, pues el término theos se le aplica a él en ciertos textos.[26] La cuestión última es lo que
esa deidad significa.[27] El no-trinitarismo es un aspecto
notable de la creencia de los Testigos de Jehová, aunque no es exclusivo de su
religión.[28] Ningún erudito ortodoxo
apoyaría las ideas que enseña la organización Watch Tower con respecto a la
naturaleza de Cristo. No tengo interés en defender esas ideas, pues creo que
algunas son deficientes. ¿Requiere esto que se acepten como “enseñanza correcta”
las enseñanzas ortodoxas tradicionales sobre el tema? La única razón para que
esto debiera ser así—o pudiera ser en mi caso personal—es que se pudiera
mostrar un fundamento bíblico concluyente para ello.[29]
No hay duda de que las publicaciones de la
Sociedad Watch Tower a veces citan fuentes de un modo que no representa
honestamente lo que la fuente decía en realidad. No obstante, permanece el
hecho de que las afirmaciones con respecto al origen y desarrollo de la
doctrina que se discute se han hecho con tal claridad que sería difícil
entenderlas mal. Aquí presento citas de dos fuentes teológicas, ambas bien
conocidas y respetadas. Las citas no están pensadas para contradecir ni refutar
la enseñanza trinitaria. Ambas fuentes son trinitarias y lo que presentan no
constituye un intento de refutar la doctrina. Si no fuesen trinitarias, o
fuesen menos respetadas, no las citaría en este punto.
La primera cita es de un artículo sobre la “Trinidad” que se encuentra en The International Standard Bible Encyclopedia (edición de 1988 [una revisión de la edición de 1929]), escrita por Cornelius Plantinga, profesor de teología sistemática en el Calvin Theological Seminary. Lo que encuentro notable sobre las afirmaciones del artículo es el grado de cautela expresado, el reconocimiento franco de incertidumbres. El párrafo introductorio del artículo lee:
Aunque
la “trinidad” es un término del segundo siglo que no se encuentra en ningún
sitio en la Biblia, y las Escrituras no presentan ninguna afirmación trinitaria
consumada, el Nuevo Testamento contiene la mayor parte de los materiales de
construcción para la doctrina posterior. En particular, mientras que se insiste
en un Dios, se presenta a Jesucristo como el Hijo divino en distinción a Dios
el Padre, y probablemente presenta al Espíritu Santo o Paráclito como una
persona divina distinta de ambos. Hay que admitir que hay problemas obvios
asociados a ambas alegaciones; de hecho “persona” como término trinitario
(tríada) ha sido controvertido por sí mismo desde Agustín [354-430 A.D.], y
especialmente en el período moderno. Además, la doctrina de la trinidad no se
basa en las Escrituras “en solución” (B.B. Warfield ISBE [1929], s.v.); es decir, el NT presenta sucesos, alegaciones,
prácticas y problemas, a partir de los cuales los padres de la iglesia
cristalizaron la doctrina en siglos sucesivos. [30]
Podría valer la pena releer este párrafo,
tomando nota de todas las expresiones calificativas que contiene. En su
cautela, el material sólo asevera que en las Escrituras se encuentran los
“materiales de construcción” para la doctrina, no la doctrina misma, y que los
“padres de la iglesia cristalizaron” la “doctrina posterior”.[31] De la ‘personalidad del
Espíritu Santo’ se dice que está “probablemente” presente en las Escrituras.
Análogamente se reconoce que existen “problemas obvios” y controversia
continua, incluso respecto al uso del término “persona” al describir tres
personas de la trinidad. Aunque el artículo en conjunto intenta demostrar
definitivamente la validez de la doctrina, a través del mismo aparecen
intermitentemente la misma cautela y franqueza.
La información de este material no es de
ningún modo única. La segunda cita ilustra más ampliamente el aspecto
“controvertido” de la doctrina “en el período moderno”. La cita proviene del
internacionalmente respetado teólogo suizo Emil Brünner. Este teólogo es
trinitarista, y en la cita siguiente de su libro The Christian Doctrine of God (La doctrina cristiana de Dios),
página 226, habla incluso de ‘Dios llegando a ser hombre y aguantando la cruz’.
Sin embargo, también afirma lo siguiente:
Nunca
fue la intención de los testimonios originales sobre Cristo en el Nuevo
Testamento poner ante nosotros un problema intelectual—el de las Tres Personas
Divinas—y entonces decirnos en silencio que adoremos este misterio de los
“Tres-en-Uno”. No existe ningún indicio de tal idea en el Nuevo Testamento.
Este “misterium logicum”, el hecho de que Dios es Tres y aun Uno, reside
completamente fuera del mensaje de la Biblia. Es un misterio que la Iglesia
pone en su teología ante los fieles, por el cual ella obstaculiza y dificulta
la fe de éstos en su teología, con una heteronomía [es decir, al contrario de
la autonomía, una sujeción a otros]
que está en armonía, es cierto, con una falsa alegación de autoridad, pero que
no tiene conexión con el mensaje de Jesús y de Sus Apóstoles. Ningún Apóstol
hubiera soñado en pensar que existen Tres Personas Divinas, cuyas relaciones
mutuas y unidad paradójica están más allá de nuestro entendimiento. Ningún
“misterium logicum”, ninguna paradoja intelectual, ninguna antinomía [conflicto
aparentemente irresoluble] de Trinidad y Unidad, tiene cabida en su testimonio,
sino solamente el “misterium majestatis
et caritatis”: es decir, que el Señor Dios se hizo hombre y aguantó la Cruz
por nosotros. El misterio de la Trinidad, proclamado por la Iglesia y encerrado
en su Liturgia desde los siglos quinto y sexto en adelante, es un
pseudo-misterio, que surgió de una aberración de pensamiento teológico desde
las líneas trazadas en la Biblia, y no desde la misma doctrina bíblica.
Al igual que con la cita previa, no presento
esto como una forma de “prueba” en uno de los lados particulares de la cuestión
sobre la validez de la doctrina de la trinidad. Lo presento porque se alega tan
a menudo que la reluctancia de aceptar lo que se puede llamar trinitarismo
ortodoxo o tradicional es debido a la ignorancia de la persona de los idiomas
originales de las Escrituras (hebreo, y particularmente griego), o a haber sido
adoctrinado con una visión unilateral y desviada de la historia religiosa, o
debido a su entendimiento de ciertos textos que han sido deformados por una
traducción o interpretación desviada de los mismos. El dominio de este teólogo
protestante suizo de los lenguajes bíblicos y la profundidad de su conocimiento
sobre la historia religiosa, del período preniceano y de los siglos siguientes,
están fuera de toda duda. Lo mismo es seguramente cierto de su conocimiento de
los diversos argumentos, a favor y en contra, respecto a los textos bíblicos
que figuran en la disputa trinitaria. Sin embargo, él hace evidente que su
aceptación del misterio de la trinidad es un producto del pensamiento teológico,
no la causa de la creencia de que la enseñanza misma esté presente
explícitamente en las Escrituras.[32]
Del mismo modo que se podrían presentar citas
que coinciden con las de Brünner, se podrían presentar citas en contra de las
suyas. Yo no comparto algunos de sus puntos de vista. Se podría hacer una
discusión versículo por versículo de pasajes bíblicos relevantes y se podrían
presentar alegaciones a favor y en contra. Este no es mi propósito aquí. Mi
intención no es argüir contra ciertas doctrinas, sino contra el dogmatismo y el
criticismo que a veces las acompaña.[33] Lo que he citado es solamente
para demostrar que existen eruditos altamente respetados que, aunque
ciertamente no sostienen las alegaciones de la Sociedad Watch Tower, no
consideran que el cuestionar el fundamento
bíblico de esta doctrina en su forma tradicional,
ortodoxa, sea el resultado de
ignorancia o de una mentalidad sectaria.[34] Es de mayor seriedad para mí el
hecho de que esto ilustra por qué no puedo simpatizar con quienes adoptan una
actitud de juicio hacia otros por no tener opiniones coincidentes con las suyas
propias, negándose unos a otros categóricamente la posibilidad de ser
cristianos. Encuentro digno de notar que, en contraste con el grado de
moderación, cautela y equilibrio expresado por las fuentes ya citadas, a menudo
personas cuyas credenciales académicas son inmensamente inferiores están entre
las más insistentemente dogmáticas y acusadoras en relación con estos mismos
tópicos. No tengo duda de que algunos de los argumentos y razonamientos que
ellos emplean se considerarían como completamente indignos de consideración por
estas mismas fuentes eruditas respetadas. Sea que seamos instruidos o no, creo
que debemos guardarnos del dogmatismo y de la reprobación, que son indicativos,
no de sabiduría y de discernimiento, sino de pequeñez, tanto de mente, como de
espíritu y de corazón.
En resumen, pues, aunque estoy convencido de
que la única religión verdadera es el cristianismo mismo, no algún sistema
religioso que alegue representarlo y ejemplificarlo, también creo que la verdad
se encuentra en las Escrituras, no en ningún conjunto particular de
interpretaciones que hayan desarrollado los hombres o todavía esté por
desarrollar. Esa verdad no está solamente en las palabras mismas, sino
básicamente en la revelación que nos dan de Dios y de su Hijo. Será casi
inevitable que difiramos en nuestro entendimiento sobre algunos puntos, pero si
estamos gobernados por el Espíritu de Dios, no deberíamos tener mayor
dificultad en estar de acuerdo en aquellas enseñanzas clara y llanamente
establecidas.
Obviamente, sería todo mucho más
fácil si uno pudiese responder a las solicitudes de ayuda ofreciendo soluciones
simples y rápidas. Muchos que me han escrito evidentemente querían eso. Algunos
quieren poder pasar desde una organización de tamaño y poder considerables a
otra de por lo menos algún tamaño y poder. Mis respuestas deben haber sido un
desengaño para ellos. En esos casos, evidentemente buscaron en otra parte y no
volví a oír de ellos.
Sería agradable poder hacer cosas grandes
para los demás, satisfacer sus deseos y necesidades en un modo que esté a al
altura de sus expectaciones o deseos. Sé que esto está simplemente más allá de
mi capacidad. No tengo ninguna fórmula mágica para obtener soluciones rápidas y
sencillas a los problemas, y los resultados de mis esfuerzos en ayudar a otros
no tienen ninguna naturaleza espectacular. Los resultados se han conseguido a
menudo a través de mantener correspondencia por un período de meses, incluso
años, y generalmente han sido manifiestos sólo de forma gradual—personas que
parecían estar dominadas por la amargura han llegado a ser libres de sus
efectos destructivos, personas que parecían muy inseguras de su posición con
Dios han manifestado mayor confianza y paz mental. Obtengo alivio en las
palabras de despedida de Pablo a una asamblea de hermanos en Éfeso cuando,
después de afirmar que no esperaba volver a verlos y de avisarles del
levantamiento de hombres ambiciosos que torcerían la verdad para conseguir sus
propios fines, dijo:
Y
ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene
poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados.[35]
No creo que sea fallarle a nadie
el animarle a poner su confianza de corazón, no en hombres o en sistemas
humanos, sino en Dios. Animar a las personas en la fe que anhela por Él, hecho
tanto explícitamente en oración como implícitamente por el mismo derrotero de
vida que seguimos, no quedará desoído, sin respuestas, y que reconozcamos que
lo que nuestro Padre celestial nos da sabiamente es lo que genuinamente necesitamos, no lo que podamos
simplemente desear. Creer que si
buscamos afanosamente, con todo el esfuerzo que pueda requerir la búsqueda,
encontraremos lo que de verdad vale la pena encontrar. Que si seguimos
llamando, estando alerta a las oportunidades de beneficio espiritual para
nosotros y de servicio a otros—no meramente contemplando las oportunidades,
sino haciendo uso de todas y cada una de las que aparecen ante nosotros—entonces
se abrirán ante nosotros muchos caminos que son tanto recompensadores como
refrescantes.[36]
Y, tal como lo expresó Pablo, tengo plena
confianza en el poder de la palabra de Dios provista por su gracia,
en su mensaje, para estabilizar, apoyar, fortalecer y edificar a quienes la
introducen en sus mentes y corazones. No puedo concebir a un Padre amoroso que
deje de transmitir su pensamiento, su voluntad y sus promesas a sus hijos de un
modo que esté disponible a todos, que se comunique con los demás a través de
ciertas personas favorecidas, sino que hable a todos, a cada uno, con una
igualdad de interés y de amor. Esa comunicación se puede encontrar en las
Escrituras, disponible para ser leída por todos, de modo que todos estén oyendo
el mismo mensaje esencial, y también en los tratos personales de Dios con
nosotros a través de su Hijo en nuestra vida y experiencias cotidianas, al
actuar en respuesta a ese mensaje básico. Su Hijo se regocijó en el hecho de
que su Padre se revela a sí mismo no sólo a los instruidos y sabios, a los
intelectuales y a los inteligentes, sino también a los sencillos, a los que
tienen la naturaleza sencilla de niños.[37] Si tendemos a dudar que tenemos
la fortaleza o habilidad necesarias para cumplir la voluntad de Dios para
nosotros, necesitamos releer estas palabras del apóstol de Cristo:
¡Mirad,
hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni
muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio
del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo
para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios;
lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se
gloríe en la presencia de Dios. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al
cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia,
santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor.[38]
La fe nos asegura que el poder está ahí,
poder para sostenernos a través de cualquier problema, poder para capacitarnos
para encontrar soluciones, para superar obstáculos en nuestro camino cristiano,
para mantenernos firmes en nuestro rumbo hasta que finalmente se alcance
nuestra herencia. La fuerza y la sabiduría que necesitamos está disponible;
depende de nosotros el asirnos de ella. El clima de libertad en el cual nos ha
introducido Cristo, el entero espíritu
de su revelación, abre las oportunidades más excelentes para hacer esto.
Podemos abrazar y atesorar esa libertad con la seguridad de que es ideal para
permitirnos alcanzar nuestras metas de conocimiento, de fortaleza espiritual,
de confianza, de vida vivida sabiamente, con significado, y sobre todo
amorosamente, con la herencia de la vida eterna en mira. Que tengamos el valor
y la fe para abrazar, atesorar y utilizar plenamente esa libertad.
Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos
nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria
del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos:
así es como actúa el Señor, que es Espíritu.
–2 Corintios 3:17, 18, Biblia de
Jerusalén.
[1] Gálatas 5:13; 1 Pedro 2:16, 17.
[2] Mateo 13:28-30, 39-43.
[3] Esto no quiere decir de ningún modo que se haya renunciado a la fuerza atribuida a la autoridad papal. Aunque hay mayor libertad de discusión, los representantes de la iglesia están prestos a reaccionar si se considera que alguna declaración pública crea alguna duda en cuanto a su autoridad y campo de influencia. Como dice Charles Davis: “Hoy en día, mientras [un teólogo] pueda permanecer en el campo de la teología pura . . . es menos probable que sea molestado. Tiene que ser cauteloso, pero las autoridades de la Iglesia saben que hay poco que puedan hacer para controlar el pensamiento teológico. Pero toque un punto práctico, que no es necesario que afecte a la fe cristiana, sino simplemente a la política oficial o al orden establecido, y hay malestar.” (A Question of Conscience, páginas 236)
[4] A Question of Conscience, páginas 237, 238.
[5] A Question of Conscience, página 238.
[6] Hebreos 13:12-14, Versión Reina-Valera
[7] Génesis 4:13-17
[8] Génesis 11:1-9
[9] Hebreos 11:8-16
[10] Hebreos 12:22; 13:14; Gálatas 4:25, 26; Revelación 21:1-7
[11] The International Standard Bible Encyclopedia, Tomo I, página 714. Esta obra también comenta: “La venidera ciudad de Dios se define por la presencia de Dios, quien es todo en todos. . . . Esto sería nuestra ‘identidad urbana’ básica, queriendo decir que residimos como peregrinos y extranjeros en las otras ciudades del mundo. Nuestra tarea es ser la ‘ciudad establecida en una montaña’ y la ‘luz del mundo’.”
[12] Hebreos 13:15
[13] Empleando una analogía diferente, el escritor y educador John A. Shedd dijo una vez: “Un barco está seguro en puerto —pero los barcos no son para eso”.
[14] El protestantismo, por ejemplo, se divide generalmente en una amplia variedad de líneas—evangélica, reformada, carismática, fundamentalista, liberal, etc.—mientras que dentro de cada una de estas amplias ramificaciones existen docenas de líneas confesionales que producen divisiones adicionales. La unidad existente se materializa a menudo sólo en la forma a algunas declaraciones emblemáticas. Desdichadamente, la competitividad es, con frecuencia, más evidente.
[15] También hemos disfrutado de tener en varias de las discusiones bíblicas en nuestro hogar a algunas personas cuyos antecedentes no tiene que ver con los Testigos.
[16] En Atenas, Grecia, las reuniones en hogares llegan a congregar hasta sesenta personas—anteriores Testigos y otros que no han sido Testigos.
[17] Hechos 8:26-39
[18] Romanos 10:9, 10; 1 Pedro 3:21, 22.
[19] Hechos 9:17, 18; 10:44-48; 16:14, 15, 25-33
[20] Mis opiniones sobre esto se corresponden con las expresadas en A Question of Conscience (Una cuestión de conciencia), donde el autor, Charles Davis, escribe (página 22): “Cuando alguien me preguntó lo que se sentía al estar fuera de la Iglesia Católica Romana, me encontré respondiendo espontáneamente: es como si me hubiese vuelto a juntar con la raza humana.” Yo sentí lo mismo al separarme de la organización Watch Tower. No obstante, Davis sigue diciendo: “No quisiera que se me interpretase mal. He conocido gran amor y generosidad entre los católicos. . . . No me considero apartado de los católicos como personas cristianas. No estoy, por lo tanto, repudiando a los católicos como personas individuales. . . . Los conozco como personas muy buenas, pero que están luchando contra cargas pesadas . . . dentro de los confines de su Iglesia.”
[21] Dr. Bruce Shelley, profesor de Historia de la Iglesia en el Denver Seminary, en su libro Church History in Plain Language (Historia de la Iglesia en lenguaje común), página 62.
[22] Como se ha mostrado, el término “sínodo”, empleado para describir a los concilios religiosos, conlleva como una de sus definiciones la de “un cuerpo gobernante”. Vea el capítulo 3, nota al pié 48.
[23] Compare con Marcos 7:1-8; Gálatas 1:14.
[24] Juan 4:23, 24
[25] Christian Doctrine, Shirley C. Guthrie, Jr, (John Knox Press, Atlanta, 1968), páginas 381-383. El autor es profesor de teología sistemática en el Columbia Theological Seminary, y está doctorado por el Princeton Theological Seminary y la Universidad de Basel, Suiza.
[26] Juan 1:1, 18
[27] Por ejemplo, un hombre comparte la humanidad igualmente con su padre, humanidad plena. Ambos son de la misma naturaleza. No son de la misma sustancia o ser. El argumento durante los primeros siglos de la era cristiana no giraba en torno a la cuestión de si el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre, pues se aceptaba su divinidad. La disputa, que continuó durante siglos, a menudo con gran amargura, era si él era de la misma sustancia o ser (griego homoousios) que el Padre, o de una sustancia o ser similar (griego homoiousios).—Vea The International Standard Bible Enciclopedia, Tomo IV, páginas 918, 919; The Rise of Christianity, W H. C. Frend, páginas 538-541; Jesus Through the Centuries, Jaroslav Pelikan, páginas 52, 53, 62, 63.
[28] Otras religiones no-trinitarias son los Unitarios, los Cristadelfianos, la Iglesia de Dios (Fe Abrahámica), y otros grupos de menor tamaño.
[29] Obras de referencia presentan la doctrina como algo construido básicamente sobre el Credo Atanasiano y que implica el uso y el entendimiento de términos tales como “esencia”, “sustancia”, “naturaleza”, “hipóstasis”, “persona” (de los cuales el único que en realidad aparece en las Escrituras es “naturaleza”). La Reforma Protestante en conjunto retuvo la doctrina tal como la enseñaba la Iglesia Católica, pero ha habido algunas diferencias según las diferentes confesiones. Éstas giran ampliamente en torno a la “encarnación” de Jesús y a explicaciones discrepantes sobre cómo pudo poseer simultáneamente naturaleza humana y divina (lo que se llama “unión hipostática”).
[30] The International Standard Bible Encyclopedia, 1988, Wm B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, Tomo IV, página 914.
[31] Otras obras eruditas sobre el tema emplean expresiones similares a “materiales de construcción” tales como las “semillas” o “germen (en el sentido de germinación)” de la doctrina, o las “líneas” básicas de la doctrina. Todas estas expresiones ponen en evidencia que, según la opinión de los que las utilizan, fue necesaria la interpretación para convertir las “semillas” o el “germen” o el “material de construcción” o las “líneas” en una doctrina explícita.
[32] Tanto antes como después de la cita referida, Brünner se refiere repetidas veces a la doctrina como una “reflexión teológica”, una creación de la Iglesia, no una “kerygma (proclamación)” bíblica. Aunque expresa la creencia de que la “reflexión” siguió “líneas” bíblicas, afirma repetidamente que la “especulación” jugó un papel importante en la formación de la doctrina.—The Christian Doctrine of God, páginas 206, 217, 222, 226, 227, 236, 237, 239.
[33] Hemos visto que “ortodoxo” tiene el significado básico de “enseñanza correcta” pero que ha llegado a aplicarse a la enseñanza que tiene la aprobación de la autoridad eclesiástica. Análogamente, “dogma” en griego tiene el significado básico de “lo que parece ser correcto”, pero ha llegado a aplicarse al principio o conjunto de principios aprobados por la autoridad religiosa. “Dogmatismo” se aplica a la aseveración categórica de una opinión, especialmente cuando es arrogante y sin fundamento. La enseñanza que se enseña claramente en las Escrituras avala nuestra aceptación como enseñanza correcta, como doctrina verdadera, algo que podemos afirmar y a lo que podemos apegarnos con confianza. Sin embargo, cuando ese fundamento es dudoso, la insistencia en la enseñanza es dogmatismo.
[34] Brünner, de hecho, expresa la opinión de que esa duda tiene una causa lógica. Él dice: “Los términos empleados en el Credo Atanasiano, e incorporados desde esta fuente a la doctrina tradicional de la Trinidad enseñada por la Iglesia, ‘una substantia, tres personae’, nos deben sonar extraños desde el principio. ¿Qué lugar hay para la idea de ‘substantia’ en la teología cristiana? De hecho, representa esa aberración intelectual que sustituye el pensamiento especulativo e impersonal por la línea de pensamiento controlado por la revelación.” (Página 227). Brünner añade: “Incluso la idea de ‘Tres Personas’ debe considerarse con recelo. Es ciertamente imposible entenderla de otro modo que en un sentido tri-teistico, sin importar cuánto queramos evitar esta interpretación.” Luego deja claro que mientras que es sencillo decir que “cada una de las Tres Personas es Dios y no obstante no son Tres Dioses, sino Uno”, no es posible pensar en esos términos, y los esfuerzos por hacer eso en realidad llevan a pensar en tres Dioses. Más tarde, hablando de “la piedra de tropiezo para el pensamiento” que puede representar la doctrina, él afirma: “Es, por lo tanto, inteligible que sean precisamente esos teólogos cuyo pensamiento está controlado enteramente por el pensamiento de la Biblia, quienes han tenido poca simpatía con la doctrina de la Trinidad. Pienso en la entera escuela de teólogos ‘bíblicos’.” (Página 238).
[35] Hechos 20:32, Versión Reina-Valera.
[36] Mateo 7:7-11.
[37] Lucas 10:21, Versión Reina-Valera, Biblia de Jerusalén
[38] 1 Corintios 1:26-31, Biblia de Jerusalén.