Esteban López
Reflexiones con perspectiva
Dice Julián Marías que la vida es el resultado de trayectorias, las que se eligen y las que no; se eligen unas y se descartan otras; así, con la suma de todas, va configurándose la persona que finalmente se llegará a ser. A medida que pasan los años los recuerdos se acumulan. Sin embargo, también es verdad que se va adquiriendo una mayor perspectiva de la experiencia vital de uno. Escribo algo sobre mi experiencia personal por si de algún modo pudiera aportar alguna reflexión constructiva a alguien. Si ese fuera el caso me daría ya por satisfecho.
Tengo bastantes buenos recuerdos de mi niñez. Algo que recuerdo de mi padre es su entrega y valor constantes a la hora de luchar por mantener a su familia. A pesar de que conoció tiempos duros y de gran carencia, nunca dejó de mantener una actitud positiva para afrontar lo que fuera y un recurrente y balsámico sentido del humor. Mi madre me enseñó a orar a Dios y a entender que todo lo que somos y todo lo que nos rodea se lo debemos a él. También debo agradecerle su paciencia para enseñarme a leer y a escribir mucho antes de que empezara a asistir al colegio. Y por supuesto sus cuidados y cariño desinteresados en tantas cosas grandes y pequeñas demostrados día a día mientras nos crió a mí y a mis hermanos. A pesar de que no tuvo una vida fácil, supo sacar adelante a toda la familia. Por todo eso y muchas cosas más, ambos estarán siempre en mi corazón.
Recuerdo cierto día soleado de primavera, que la colina que había en frente de nuestra casa se llenó de niños que parecía que corrían hacia un solo lugar. La curiosidad me impelió a correr también a mí en la misma dirección para ver lo que ocurría. Al acercarme al centro de la reunión entre árboles, pude ver y escuchar a un hombre hablar a todos los niños allí reunidos. Explicaba historias preciosas acerca de Dios, de Jesús, de sus obras y de los hechos de sus apóstoles. Aunque todos los niños vivíamos en un entorno muy pobre, aquel hombre era capaz de hacernos sonreir y hacer que nuestros ojos brillaran por las buenas nuevas de esperanza que él traía. Por entonces en aquella zona no había ni una sola iglesia, pero la labor del señor Juan, que es así como se llamaba, quedó grabada para siempre en el recuerdo de muchas personas. Hoy existe allí un colegio que lleva su nombre y que le recuerda como el que trajo esperanza e ilusión a tanta gente de aquella pequeña población de Sant Vicenç del Horts, muy cercana a Barcelona, España.
Como tantas otras personas por aquel entonces, se suponía que éramos católicos. La boda de mis padres había sido por la iglesia y yo mismo había sido bautizado allí al nacer; incluso con ocho años llegué a hacer 'la primera comunión' habiendo estudiado bastante tiempo el catecismo católico en el colegio. Sin embargo aquellos actos eran más el resultado de la tradición social que de un convencimiento personal arraigado. Mis padres tenían que trabajar todos los días tan duro para subsistir que poco tiempo les quedaba para profundizar en asuntos religiosos. Sin embargo, sí recuerdo en mí, aún siendo un niño, la tendencia natural a orar a Dios siempre que sentía necesidad de ello.
Una apacible tarde de otoño de 1969, vinieron a mi casa dos mujeres jóvenes muy amables. Les dije que mis padres no estaban en casa y me dieron un pequeño folleto. Me dijeron que volverían al cabo de unos días para hablar con ellos. Así lo hicieron, y en una semana estaban hablando con mi madre. Nos hablaron de la Biblia, de Dios y de otras cosas que entonces no entendimos. Era la primera vez que nos visitaban los testigos de Jehová. Nunca antes habíamos oído hablar de ellos. Recuerdo que mi madre, una vez que se fueron, me dijo que quizás aquellas chicas eran como 'monjas disfrazadas de civiles, para que no se metan con ellas, decía. Por entonces España empezaba a salir de un largo letargo de falta de libertades políticas y religiosas. Aquello era totalmente nuevo para nosotros. Los testigos de Jehová se presentaban como una opción totalmente nueva y diferente a la iglesia católica. Aunque ofrecieron un 'estudio bíblico' a mi madre, ella prefirió que empezara yo. Hasta entonces yo siempre había tenido fe en Dios, así es que fue fácil que empezara a estudiar la Biblia con un testigo de Jehová mayor que yo, un hombre de fe y muy conocido en la pequeña ciudad donde vivíamos entonces, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona. Naturalmente, pocas opciones tenía por entonces un niño como yo de poder contrastar lo que aprendía. Con el tiempo empecé a asistir a sus reuniones semanales y al cabo de dos años se me empezó a urgir para que me bautizara como testigo, ya que 'el fin era inminente.' Es quizá ese sentido de urgencia una de las principales características de los testigos de Jehová, algo que en el pasado les llevó a vaticinar el 'fin de este mundo' con demasiado atrevimiento. Se presenta algo diferente
Mientras colaboré con ellos, me esforcé en cumplir bien con mis obligaciones asignadas y siempre sentí que todo lo que hacía lo hacía por Dios. Con el paso del tiempo empecé a servir como precursor regular (dedicaba cien horas al mes a predicar de puerta en puerta). Se ha grabado en mi corazón, el gozo que sentía al hablar a otras personas acerca de Dios y de la Biblia, muchas veces usando solo ésta para compartir fe y esperanza. En las reuniones, recuerdo también a muchas personas humildes en muchas congregaciones diferentes, algunas con sus manos toscas cansadas de trabajar, buscando entre las hojas finas de sus Biblias palabras de esperanza; algunas incluso con enfermedades degenerativas; sin embargo sus ojos brillaban al percibir con gozo 'las buenas nuevas' reflejadas en el evangelio.
Por otro lado, hay que decir que muchas personas habían condicionado sus vidas a expectativas que eran alentadas por los mismos dirigentes de la organización. Muchas de ellas habían rechazado empleos, la posibilidad de realizar estudios superiores o formarse mejor, habían pospuesto operaciones quirúrgicas, habían vendido sus posesiones para "servir donde hubiera más necesidad". Otros no se casaron o se negaron a formar una familia con hijos. "Este no es el tiempo; el fin de este mundo está muy cerca" había sido siempre el argumento (y continúa siéndolo en el momento de escribir estas líneas). Después, cuando pasaban los años y nada especial acontecía, se imponía simplemente el silencio. Tampoco había disculpas. A medida que el tiempo pasaba y yo iba adquiriendo una mayor perspectiva de las cosas, me preguntaba una y otra vez cómo pudo llegarse a una situación así; cómo se pudo hipotecar la vida de tantas personas que orientaron su fe a través de esa organización religiosa. Sin embargo, llegó un momento en que decidí centrarme solo en lo positivo y en lo que fuera edificante para mí y para mi familia.
En el año 1980 y mientras asistía a la congregación de Pueblo Nuevo en Barcelona, Pablo Beveridge, de la Betel de España [1] me invitó a colaborar en el departamento de traducción inglés-español. El tiempo que estuve allí conocí a personas de excelentes cualidades y sumamente abnegadas. Muchos desempeñaban trabajos muy duros "de timbre a timbre" y sin quejarse. Se notaba su aprecio por servir a Dios. Creo por ello sinceramente que la organización debería pagar algún tipo de pensión para todos los trabajadores de Betel ya que la mayoría lo ha entregado casi todo por servir allí.
Fue por aquellos días que tuvimos la noticia de que se habían producido expulsiones en la Betel de Brooklyn, Estados Unidos, "por apostasía", palabra cuyo significado muchos apenas conocíamos. Algunos conocimos a Néstor Kuilan y sus buenas cualidades; todos sabíamos que era un buen hombre. Por eso cuando nos enteramos de su expulsión y la de su esposa Toni, quedamos atónitos. Sencillamente no podíamos creerlo. Yo les conocía personalmente ya que él había conducido un estudio bíblico con mi suegro durante algún tiempo y además servían por entonces en mi misma congregación. Recuerdo que debido a aquellas expulsiones, se envió a algunos 'betelitas' del departamento de traducción de España a Brooklyn, para cubrir algunas vacantes producidas por las expulsiones. Los discursos que se pronunciaban en aquellos días solían siempre hacer referencia a la necesidad de "ser leales a la organización que nos lo ha enseñado todo." Pocos más detalles se dieron.
Cuando fui nombrado anciano siempre disfruté de la labor de enseñar. Sobre todo, cuando podía compartir con otros aspectos de índole espiritual que llamaban a la confianza en Dios y a la esperanza cristiana. Aunque reconozco que debido al carácter autoritario de la organización pasé también por momentos de mucho desgaste emocional, debo reconocer que la enseñanza fue siempre para mí la parte más gratificante. Recuerdo que también era un gozo para mí 'sumergirme' en el estudio de las Escrituras usando el libro Aid to Bible Understanding (ahora Perspicacia para comprender las Escrituras). [2] Fue por ese tiempo que empecé estudios universitarios. Desde muy joven había tenido el deseo de mejorar mi formación intelectual, y considero un craso error que ideólogicamente se desanime de ello a los jóvenes testigos. Por otro lado, siempre creí que cuando se ama la verdad no importa lo que se lea. La verdad sería siempre la verdad aún cuando fuera sometida a prueba. Con el tiempo y debido a investigación personal, llegué a la conclusión en conciencia de que no podía seguir dando apoyo a aquella organización religiosa. Ello se debió básicamente a dos razones principales. La primera, su falta de humildad y de honestidad a la hora de reconocer sus propios errores. Quizá eso se deba a su presunción de ser el único conducto de Dios para dar a conocer la verdad; y la segunda, su política atroz e inhumana de expulsión y extremo rechazo a cualquiera que disienta de alguna de sus creencias. Simplemente me negué a ser copartícipe de aquel sistema. De hecho, me alegro mucho de no haber participado nunca en ningún 'comité judicial' mientras serví como anciano. En un alarde de arrogancia y trayectoria inquisitorial, sus dirigentes han demostrado sin ningún rubor ser capaces de tratar a personas que durante años lo habían dado todo como si fueran un simple número, cortar todo trato humano con ellas, condenarlas a la ignominia, al olvido y a una premeditada e inicua "muerte social." [3] Siento sinceramente reconocer que muy a menudo se ha puesto más el énfasis en 'obras de ley' gravosas, que en aspectos que según las Escrituras son al fin y al cabo los que más importan, a saber, 'la justicia, la misericordia y la fe.' (Mateo 23:23). Solo por opinar abiertamente sobre esos asuntos y manifestar algunas razones de conciencia, en 1995 el aparato judicial de la organización propició finalmente mi expulsión.
Discursando en un Salón de
Asambleas en Barcelona, España.Poco después de leer el libro Crisis de Conciencia escribí a su autor Raymond Franz. Recuerdo que servía como anciano todavía. Lo que leí me sorprendió por supuesto por su contenido porque desvelaba aspectos totalmente desconocidos de la organización mientras él fue miembro del cuerpo gobernante; pero lo que llamaba poderosamente la atención era el tono que empleaba. No se trataba de un estilo corrosivo, insultante o lleno de amargura como era el caso de otros autores. Mas bien, presentaba los hechos con calma, bien documentados y con una dignidad que solo invitaba a la reflexión. La primera carta que recibí de parte de él no fue diferente. Al leer pude comprobar su aprecio por lo espiritual y su mansedumbre. Para mí, fue obvio que detrás de todo aquello había un cristiano sincero 'que llevaba en su cuerpo las marcas de un esclavo de Jesús' (Gálatas 6:17). Sinceramente, creo que no se merecía nada de todo el sufrimiento por el que tuvo que pasar durante los procesos inquisitoriales que llevaron finalmente a su expulsión. Pero tranquiliza intuir que Dios ha estado siempre al tanto de todo.
En enero de 1996, un periodista de la televisión española que había oído acerca de mi expulsión, Julià Castelló, se puso en contacto conmigo. Estaba interesado en realizar un programa (Línea 900) sobre los testigos de Jehová. Le expliqué los pormenores de mi caso personal y le dejé bien claro que, si participaba en el programa lo haría solo con el deseo de ayudar a reflexionar y que no tenía ninguna intención de "atacar por atacar." Él mostró también interés en entrevistar a Raymond Franz e hizo los arreglos para visitarle en su casa en Atlanta, Estados Unidos. Parte de su testimonio personal también apareció en el programa. [4]
Desde que empezó un mayor autoritarismo e intolerancia a principio de los años ochenta por parte del cuerpo gobernante, miles de personas de todo el mundo han abandonado el movimiento o han sido expulsadas. Algunas se han unido a otras iglesias. Otras se reúnen en hogares privados para considerar la Biblia. Otras han perdido completamente la fe debido al desgarro de la decepción o al sufrimiento por el trato vejatorio recibido. La política de extremo rechazo incluso a parientes expulsados, está haciendo que haya dolor y división en las familias afectadas. Mucho de todo eso se podría haber evitado si no hubiera sido por el "cerrajón" manifestado por el cuerpo gobernante al no permitir que cristianos pudieran decidir en conciencia sobre aspectos de carácter personal.
La situación sigue repitiéndose en el caso de muchas otras personas que alegan razones de conciencia y siguen produciéndose expulsiones absurdas. La sola idea de ser separados de familiares y amigos "de toda la vida" aterroriza a muchos testigos que aún hoy día disienten de muchas cosas, pero que no se atreven a hablar. Los superintendentes viajantes y enviados de Betel a los días especiales de asamblea y en otras ocasiones, suelen mostrarse muy enérgicos en sus discursos cuando avisan acerca de los peligros de lo que ellos llaman "apostasía" y del riesgo de acceder a Internet. Hasta en la "escuela de ancianos" se han dado instrucciones muy precisas. Sin embargo, Raymond Franz reconoce estar recibiendo también correspondencia de ancianos, precursores, superintendentes viajantes, miembros de comités de sucursal y de muchos otros testigos de varias partes del mundo. Creo que una organización que no permita que haya alguna medida de crítica que sea realmente constructiva se empobrece en sí misma. La expulsión y extremo rechazo de cristianos pensadores y de fe es una afrenta contra la libertad y dignidad del ser humano. Es, sencillamente, inicua, y recuerda los peores tiempos de la Inquisición. Nada que ver con el espíritu sencillo y amoroso de Jesús de Nazaret reflejado en los evangelios.
Hasta aquí puedo decir que, en mi caso personal, agradezco profundamente todo lo realmente bueno que aprendí acerca de la Biblia mientras estuve en la organización de los testigos de Jehová y que sin duda fue mucho. Pero no todos aquellos otros aspectos impuestos que tanto condicionaron mi vida. Durante todos aquellos años se podría decir que viví con un total sentido de transitoriedad, aceptando en ocasiones trabajos precarios para poder volcárme más en el servicio a la organización (como de hecho lo hacen muchos otros testigos) y sin pensar en hacer planes personales para el futuro. Después de haber entregado tanto por aquella causa, el intentar después una inserción laboral estable en un mundo tan competitivo y despiadado me ha resultado realmente difícil. Sé también que mi caso no es único y que muchas son las personas que han pasado por lo mismo. Por otro lado, debo decir también que, mientras estuve dentro de la organización, conocí a personas de excelentes cualidades a las que ahora echo mucho de menos, y que en lo que se refiere a fe en Jesucristo los sigo considerando mis hermanos.
Después de dejar la organización por razones de conciencia en 1995, continué con el deseo que siempre había tenido de seguir progresando intelectual y espiritualmente, de modo que continué con mis estudios de Derecho y filosofía. [5] Creo firmemente que para cultivarse tiene la persona toda la vida. Desde el mismo principio entendí que a lo que yo había renunciado era solo a una organización humana, pero no a la seria oferta de sentido que representa el cristianismo mismo. Afortunadamente, podía seguir teniendo acceso a excelentes comentarios bíblicos y a distintos pensadores cristianos y seglares. [6] Mirando hacia adelante
Un autor que llegué particularmente a apreciar fue el teólogo católico suizo Hans Küng. Su talante sincero y valiente también hizo que él mismo fuera 'castigado' por el 'aparato eclesiástico' de su iglesia, que en su caso consistió en la remoción de su derecho como profesor de teología debido a sus discrepancias con Roma. Su amor por la verdad y su erudición han sido siempre causa de estímulo para mi. No es que concuerde al cien por cien con todo lo que él ha escrito, pero sí creo que buena parte de sus libros son una invitación permanente al conocimiento y a la reflexión. Es un investigador incansable. Después de haber leído varias de sus obras por años, tuve la oportunidad de hablar algún tiempo con él cuando presentó sus memorias el 11 de noviembre de 2003, en el paraninfo de la universidad de Barcelona, con el título Libertad Conquistada (Trotta, 2003) en las que relata toda su trayectoria dentro de la iglesia católica así como su evolución personal como cristiano y teólogo. Mientras firmaba ejemplares de algunos de sus libros para las personas que se acercaban, pude iniciar una breve conversación sobre los testigos con él. En la fotografía adjunta puede apreciarse cómo sonríe cuando le digo con cordialidad que 'los testigos de Jehová no han tenido todavía su Concilio Vaticano II," que como se sabe, fue el concilio que entre los años 1962 y 1965 propició algunos cambios significativos en la iglesia católica. Al preguntarle cuál era su opinión en cuanto a cómo poder contribuir a que tuvieran una actitud más abierta y tolerante, su respuesta fue: 'es muy difícil, sobre todo debido a su fundamentalismo y a su falta de interés por la investigación bíblica científica." Así opinaba. Entonces me recordó que él mismo trata sobre el asunto del fundamentalismo en su libro El Cristianismo, Esencia e Historia (Trotta, 1997). En la interesante conferencia que había tenido lugar aquella tarde, él repitió una vez más lo que viene afirmando persistentemente desde hace años: 'no habrá paz en el mundo mientras no haya paz entre las religiones.'
Con Hans Küng en el paraninfo de la Universidad
de Barcelona el 11 de noviembre de 2003.Otra causa de gozo para mí ha sido poder reunirme en distintas ocasiones con amigos que pasaron por una experiencia parecida a la que yo tuve. En distintas reuniones y encuentros he podido llegar a conocer a personas de excelentes cualidades, que han sufrido lo indecible por la decepción o por el frío acero de un sistema religioso opresor, pero que a pesar de todo, siguen manteniendo fe y confianza inquebrantables. Solo poder hablar con libertad de asuntos espirituales sin que nadie condene a nadie o poder orar juntos, ha sido siempre una experiencia memorable y reconfortante. También lo ha sido cuando he podido conocer a personas de otras iglesias de mente abierta, tolerante y ecuménica, o como las veces que he podido cantar y orar junto a otros cristianos en encuentros de la Comunidad de Taizé.
A medida que el tiempo ha pasado, he llegado a comprender que la iglesia verdadera está compuesta por las personas que solo Dios y Cristo conocen, estén éstas donde estén. Es una iglesia con una dimensión mucho mayor que las simples denominaciones de carácter humano. Creo que ningún grupo de hombres tiene el derecho de confinar las preciosas "buenas nuevas acerca de Jesucristo" en compartimentos estancos y cerrados. Todo lo contrario, poco antes de morir Jesús oró fervientemente a Dios para que sus seguidores 'fueran uno, así como tú y yo somos uno.' Ofreció al ser humano la posibilidad de tener una relación personal con "el Padre" y deseó que sus seguidores fueran una hermandad sencilla que viviera en el amor, en la fe y en la esperanza. Se les llegó a conocer solo con el nombre de "cristianos" y lo probarían sobre todo por sus 'obras excelentes' (Mateo 5:14-16; Hechos 11:26).
En cierta ocasión, alguien con una profunda decepción me dijo que nunca más podría volver a tener fe como la de un niño. Opino sin embargo, que eso es precisamente lo que más necesitamos como seres humanos; recuperar la esperanza y tener la convicción de que, sin importar cuán grandes sean los tropiezos en esta vida o el posible mal ejemplo de otros, sigue habiendo razón para confiar. El que sostiene el planeta azul hace salir el sol todos los días y en millones de detalles habla diariamente. Es verdad, hay cosas que no entendemos, que causan una profunda perplejidad y las preguntas simplemente se acumulan; pero también muchas otras que nos muestran el bien en todo su esplendor. Si nos preguntamos por qué existe el mal, tenemos que ser honrados y preguntarnos de igual modo por qué existe el bien. No habría que olvidar que la Escrituras, aunque no lo responden todo, sí ayudan a sanar las posibles heridas de esta existencia con palabras de esperanza. Abren una ventana cuando parece que todas las puertas se cierran. El señor Juan, de quien hablé antes, lo sabía, así como todas las personas de fe que a lo largo de mi vida he conocido. Es posible seguir una trayectoria de vida constructiva. Hay que renunciar al mórbido y paralizante efecto del desánimo y seguir dando una oportunidad a la confianza y a la alegría. Como deseó Pablo de Tarso:
Sinceramente,“Que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Éste es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación debajo del cielo.” -Colosenses 1:23, NVI. Esteban López
http://www.pensamientoycultura.com
Notas:
[1]Betel es el nombre con el que se conocen sus distintas oficinas sucursales existentes en varios países. La biografía de Pablo Beveridge aparece en su órgano oficial, la revista La Atalaya, de 1 de octubre de 2001, pág.24). Por entonces su sucursal en España estaba en la calle Pardo de Barcelona.
[2] Recuerdo que amaba profundamente ese libro. Quizá por eso fue tan triste llegar a saber más tarde que algunos de sus principales autores fueron expulsados por razones de conciencia; y es que después de su profundo análisis bíblico para que pudiera publicarse aquella interesante obra de consulta, ellos no podían seguir compartiendo algunas enseñanzas de la organización.
[3] Para un mayor entendimiento de las razones que presento, recomiendo una lectura meditada de los libros Crisis de Conciencia, (Commentary Press, Atlanta, 1993) e In Search of Christian Freedom (1997 second edition) de Raymond Franz, anterior miembro del cuerpo gobernante de los testigos de Jehová.
[4] La entrevista que la televisión española realizó a Raymond Franz puede verse completa: aquí
[5] Al iniciar estudios de Derecho y profundizar en ellos progresivamente, fue inevitable para mi preguntarme por el sentido real de la justicia, su relación con la equidad y su aplicación a través de la norma escrita; eso me llevó a profundizar más y más en la filosofía del Derecho; solo fue cuestión de tiempo el que mi verdadero interés desembocara finalmente en el diálogo existente entre filosofía y teología.
[6] Algunos de esos autores podrían ser Adam Clarke, Albert Barnes, Karl Ranher, Wolfhart Pannemberg, Karl Barth, José Gómez Caffarena, Thomas Merton, Manuel Fraijó, Xabier Zubiri, José Luis López Aranguren, Julián Marías, Johann Baptist Metz, José María Mardones, Juan Antonio Estrada, Manuel Reyes Mate, etc.
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