Partidismo excluyente


"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” -- Declaración Universal de los Derechos humanos, Artículo I.


Suele ser muy extraño que en la rivalidad política, un partido determinado reconozca algo positivo en la acción o ideología de otro partido diferente, sobre todo porque siempre está en juego el objetivo exclusivo de los partidos políticos: obtener el poder. Sin embargo, es más difícil de comprender que ese partidismo excluyente se produzca entre personas de distintas religiones. Se supone que todos adoran a Dios pero parece que les resulta más difícil tratarse unos a otros con el debido respeto. Por ejemplo, judíos, cristianos y musulmanes adoran a un solo Dios; son las llamadas "religiones monoteístas." Sin embargo, es bien sabido cuantos conflictos ha habido entre ellas.

Despotricar o despreciar a una religión determinada sin reconocer nada positivo en ella, es tan falto de perspicacia como afirmar que todo el género humano es pernicioso y que nada de positivo hay en él. Es posible que haya aspectos mejorables en todas las religiones o que necesiten reforma, pero muy a menudo se olvida que la mayoría de las religiones también inculcan buenos principios y que dentro de cada una de ellas hay buenas personas que se esfuerzan por llevar vidas rectas.

En el cristianismo el problema sin duda es la división. Católicos critican a evangélicos y a cualquier otra iglesia que no forme parte de su órbita; evangélicos hacen lo propio con católicos, adventistas, testigos de Jehová, etc; y testigos de Jehová consideran al resto de religiones "el imperio mundial de la religión falsa." Ante semejantes posicionamientos es difícil evitar un profundo sentido de hastío, el mismo que cuando se observa en la política convencional.

A veces ocurre que una persona cambia de una iglesia a otra. Eso es algo muy respetable por la sencilla razón de que toda persona tiene el derecho de cambiar de religión según lo decida su conciencia. Lo que parece un poco absurdo es que algunos, después de adoptar la nueva fe, despotrican agriamente contra la que una vez fue la suya, olvidando con facilidad los aspectos positivos que en ella aprendieron. Siendo así las cosas, se podría decir que lo único que ha hecho esa persona es cambiar de religión o de cuerpo doctrinal, pero sin haber cambiado en el fondo su mentalidad exclusivista. Esta última expresión resulta muy apropiada si nos atenemos al sentido que otorga el Diccionario de la Real Academia de la lengua Española a la palabra exclusivismo: "Obstinada adhesión a una persona, una cosa o una idea, sin prestar atención a las demás que deben ser tenidas en cuenta." Es ese mismo exclusivismo el que hace imposible para los dirigentes de muchas instituciones religiosas el acercamiento ecuménico en un verdadero espíritu conciliador.

A menudo puede verse un concierto de ataque unánime por parte de personas de religiones mayoritarias para con las comunidades consideradas despectivamente como "sectas." Esa situación suele ocurrir en el caso de los testigos de Jehová, quienes por su propia idiosincrasia doctrinal e intolerante se han ganado severas críticas. Sin embargo, quien crea que los testigos de Jehová tienen aspectos en los que hay que reflexionar seriamente, debería tener en cuenta que también los hay en otras iglesias. Si toda persona debería conocer, por ejemplo, el contenido de un libro como Apocalypse Delayed del historiador James Penton para conocer la historia de los testigos de Jehová como organización, haría bien en conocer también el libro La Iglesia Católica del teólogo católico Hans Küng, donde se muestran aspectos de la historia de la Iglesia católica como institución llenos de muchos más claroscuros, incluidas algunas de sus actuales doctrinas. Y si se analiza la historia de las iglesias luterana o calvinista podrá observarse también que no están libres de episodios negros de crasa intolerancia religiosa contra disidentes como fue el caso de los anabaptistas o el científico español Miguel Servet. Parece bastante evidente entonces que pueden encontrarse posiciones sectarias y razones para la reflexión en muchos más entornos institucionales de lo que parece; no son solo los testigos de Jehová u otros grupos minoritarios los que de eso adolecen.

Pero esa clase de partidismo excluyente no solo es propio de personas religiosas. También puede observarse entre quienes una vez fueron miembros de alguna iglesia u organización religiosa, pero que ahora se declaran agnósticos o ateos y se dedican a despotricar amargamente contra su antigua religión por método y sin reconocer nunca nada positivo en ella. A algunos, su empecinamiento ciego les lleva también a tratar con absoluto desprecio las creencias de otras personas y todo lo que tenga que ver con religión, denostándola y ridiculizándola, adoptando la actitud de haber encontrado por fin a la santa madre laicidad, pero sin ver que su derecho de opinión acaba exactamente donde empiezan los derechos de creencia y religión de los demás. Se ve pues que el simple partidismo excluyente puede darse en personas del ámbito religioso pero también en personas del ambito seglar. Es verdad que en el nombre de la religión se han llevado a cabo verdaderas barbaridades; pero también han tenido lugar desde posiciones ideológicas laicas tan dispares como el nazismo de Hitler o el comunismo soviético de Stalin. En el fondo es solo cuestión de preguntarse hasta dónde llegan los prejuicios de uno o hasta qué grado estos pueden ser un obstaculo para desarrollar una forma de pensar imparcial y que se adhiera con verdadero rigor y equilibrio a la verdad objetiva de las cosas.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, con su Carta Fundacional de 1948 representó toda una conquista de la humanidad en la defensa de sus derechos. Haciendo un llamamiento a la comprensión y tolerancia a la que todos los seres humanos deberían propender en su relación unos con otros, su primer Artículo dice: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Eso conllevaría la obligación moral de siempre hilar muy fino a la hora de enjuiciar a otros y sus creencias. Como ya han demostrado varias sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la libertad de expresión tiene sus límites cuando conculca la libertad de creencia de otros. Por ello tanto en el campo de la religión como en el secular, eso significaría mantener unos mínimos éticos que hicieran del respeto y la fraternidad humana un objetivo real y concreto. Como seres humanos, todos deberíamos aprender a ser más 'ciudadanos del mundo' y menos miembros de una patria cerrada, sectaria o que excluya a los demás por simples prejuicios. El simple partidismo rancio debería desterrarse para siempre. Como en Mayo del 68, que no se tuviera que decir: “seamos realistas; pidamos lo imposible.”

Esteban López
Agosto 2008

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